Asociación Mulleres Cristiás Galegas Exeria – Manifiesto

Publicado en: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/03/28/religion-iglesia-espana-asociacion-mulleres-cristias-galegas-exeria-sin-nosotras-mujeres-la-iglesia-no-tiene-futuro-ordenacion-mujeres.shtml

(Asociación Mulleres Cristiás Galegas Exeria).- Al Sr. Arzobispo de Santiago Julián Barrio: Bienquerido hermano en el Señor.

A raíz de las declaraciones realizadas por Christina Moreira en distintos medios de comunicación, en los que declara con valentía y mucho amor apostólico su condición de presbítera, y del posterior Comunicado emitido por el Arzobispado de Santiago de Compostela el pasado 12 de marzo de 2017, se reabre con fuerza el debate sobre la ordenación sacerdotal de las mujeres.

La Asociación Mulleres Cristiás Galegas Exeria quiere, con este escrito, exponer públicamente algunas reflexiones sobre la situación de las mujeres en la Iglesia, y en este caso concreto, sobre el acceso de las mujeres al Ministerio del Orden Sacerdotal. Además de apoyar el paso de nuestra compañera Christina Moreira, queremos manifestar nuestra solidaridad y agradecimiento para con ella y con las docenas de mujeres de todo el mundo que respondieron con fidelidad y valentía, con apertura obediente, a la llamada de su vocación sacerdotal.

Las mujeres que conformamos Mulleres Cristiás Galegas Exeria, llevamos más de 20 años celebrando nuestra fe como mujeres, como cristianas y como gallegas, y reflexionando comunitariamente desde esta nuestra identidad (recordamos, en este sentido, los documentos que hemos publicado: Nós, as mulleres na Igrexa y Violencia de Xénero, violencia contra as mulleres).

Desde nuestro ser queremos expresar lo siguiente:

1. En las declaraciones realizadas por Christina Moreira, ella se presenta a sí misma como sacerdote, ordenada desde hace dos años, respondiendo a su vocación, de la que tomó conciencia hace tiempo, en un momento crucial de su vida. Reconocemos a Christina Moreira como presbítera. Sabemos que ha recibido la ordenación diaconal y la ordenación sacerdotal y que preside los domingos la celebración de la Eucaristía en la comunidad Home Novo de un modo comunitario y participativo, enamorando e incluso entusiasmando a la comunidad con la Palabra de Dios. Además, acompaña a esta comunidad y a numerosas personas ajenas a ella en su camino de fe cristiana.

2. Sentimos un profundo dolor, acompañado de amargura y rabia, a causa de las formas y los contenidos del comunicado emitido por el Arzobispo de Santiago de Compostela en relación con el presbiterado de Christina Moreira, comunicado que refleja la postura oficial de la jerarquía católica (que no la opinión de teólogos y teólogas ni de muchas cristianas y cristianos de la Iglesia) en relación a este tema. Apoyadas en los estudios teológicos y en la Tradición más próxima a nuestro hermano mayor Jesús, el Cristo, queremos exponer que:

a) Como bien apunta el comunicado emitido por el Arzobispado de Santiago de Compostela, “La Iglesia es un Misterio de comunión por voluntad del Padre, realizado en la misión del Hijo y actualizado por la Acción del Espíritu Santo”. Tanto nuestro Dios Padre-Madre, como nuestro Maestro Jesucristo, como el Espíritu Santo que todo lo envuelve en su Amor grande, confirman la inclusión como un elemento esencial. Por lo tanto, la inclusión necesaria también de las mujeres, más de la mitad de la humanidad y la mayoría numérica de nuestra Iglesia. Es necesaria la actualización de la Iglesia en la sociedad contemporánea, igual que en su tiempo se actualizó en la sociedad patriarcal del siglo II en la que vivía Ignacio de Antioquía.

b) “En el Nuevo Testamento aparecen llamadas que llevan consigo la encomienda de una misión por parte de Jesús. Una de ellas es la llamada a los Doce, con la designación para una misión esencial, unas tareas y unas significaciones que aparecen diferenciadas del conjunto de los cristianos.”

El grupo de seguidores de Jesús estaba formado por hombres y mujeres. Jesús acogió siempre a las mujeres, las valoró y las quiso, en una sociedad judía en la que eran sujetos de segunda categoría. La Samaritana, Marta y María, o la Hemorroísa, entre otras muchas, confirman el acercamiento siempre cálido de Jesús a las mujeres, su reconocimiento fraterno. María Magdalena aparece nombrada como la “apóstola de apóstoles”, “la primera testigo y evangelista de la resurrección del Señor”.

Desde el mes de julio de este año el Papa Francisco elevó su festividad litúrgica al nivel de la de los apóstoles por ser la primera que reconoce a Jesús resucitado y lo va a proclamar al resto de discípulos (¡a los Doce!) que inicialmente dudan e incluso se niegan a creer en su palabra. San Pablo, que asienta su carácter de apóstol en haber visto al resucitado, distingue también a otra mujer, Xunia, como “insigne entre los apóstoles, que creyó en Cristo antes que yo” (Rom 16, 7).

c) “La presidencia de la celebración sacramental no es, pues, un ministerio que Cristo haya entregado a las mujeres.” El mismo Papa Juan Pablo II declara en la carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis “que las mujeres no pueden ser sacerdotes porque el mismo Cristo, que instituyó el Sacramento, determinó que fueran varones quienes ejerzan este ministerio”.

En efecto, Cristo no entregó la presidencia de la celebración sacramental a las mujeres como tampoco se la entregó a los hombres. Cristo no estableció presidencias celebrativas tal y como las entendemos hoy y, por lo tanto, no determinó que fueran hombres quienes la ejercieran. El conjunto de los siete Sacramentos hoy reconocidos por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, y con ellos el de la Ordenación Sacerdotal, son en gran medida fruto del caminar histórico eclesial, resultado de la búsqueda de muchas generaciones de creyentes iluminados por el Espíritu Santo (eso deseamos) en la construcción de una comunidad creyente que quiere ser fiel al Espíritu de Jesús… Se fueron construyendo históricamente con vocación de seguir evolucionando para mayor fidelidad al Espíritu.

d) La afirmación del Papa Juan Pablo II de que “la Iglesia no tiene de ninguna manera la facultad de darle a las mujeres la ordenación sacerdotal, y esta sentencia debe ser considerada de modo definitivo por todos los fieles de la Iglesia” es una afirmación osada, porque ni siquiera el mismo Papa puede conocer de antemano los caminos misteriosos e imprevisibles del Espíritu, capaz de sorprendernos siempre por encima de nuestros criterios humanos, tantas veces cerrados y ciegos.

Esta afirmación no tiene en cuenta que en las primeras comunidades cristianas, a lo largo de casi tres siglos (¡tres siglos nada menos!), las mujeres ejercieron un papel clave en la proclamación de la Palabra del Señor, en el Partir el Pan y el Vino, en la atención a los pobres,… ¡Si el Papa Juan Pablo II “descartó toda posibilidad de debate dentro de la Iglesia sobre la posibilidad de aceptar el sacerdocio femenino”, decimos con claridad que se equivocó!

Como bien reconoce este comunicado arzobispal, citando al Papa Juan Pablo II, “Lo cual no significa que la mujer no sea una parte fundamental en una Iglesia, toda ella ministerial en virtud del sacramento del bautismo”. Las mujeres no somos solo una parte fundamental de la Iglesia. Sin nosotras, mujeres, sin nuestra inclusión, sin nuestro pleno reconocimiento en igualdad, la Iglesia no tiene futuro.

Lamentamos que, en pleno siglo XXI, los hombres que rigen actualmente la Iglesia nos sigan considerando sujetos de “segunda clase”, sin capacidad de colaborar en igualdad de condiciones en las decisiones y servicios de la Iglesia. Las razones que dicen justificar esta prohibición son pobres y muchas veces sin fundamentación teológica actualizada, por lo que no se sostienen ante la menor crítica.

Las mujeres, hoy, reivindicamos una sociedad de iguales donde mujeres y hombres tengamos los mismos derechos y oportunidades. La sociedad está dando pasos en este cambio. Hoy las mujeres participamos a todos los niveles en la representación social, la investigación científica y filosófica, y los trabajos de cualquier nivel de cualificación. ¿Cómo nos vamos a conformar cuando se nos dice que es simplemente por nuestra condición de mujeres -por simple razón de sexo- que no se nos permite acceder a la ordenación sacerdotal? ¡A eso en esta sociedad se le llama “sexismo”!

Necesitamos reabrir con urgencia el debate sobre la igualdad en la Iglesia, y dentro de este debate hablar también sobre la ordenación sacerdotal de las mujeres. Necesitamos ir dando pasos hacia una Iglesia en la que no exista discriminación, una Iglesia democrática, fraterna, en la que mujeres y hombres formen comunidades de iguales, comunidades vivas, comprometidas, en las que seamos capaces de trabajar en comunión, donde todas y todos tengamos palabra, donde cada cual contribuya con lo que realmente es. Una Iglesia abierta, cuidadora, cariñosa, osada, libre al estilo de Jesús. Una Iglesia de iguales en la que las mujeres ocupemos también los espacios de decisión, de responsabilidad y de representación eclesial que nos pertenecen por derecho y por Tradición.

¿Acaso Dios no quiere la igualdad?

Señor arzobispo: ¿cree usted de verdad que Dios quiere una Iglesia desigual?

Como bien expresó el apóstol Pablo, “no hay judío ni griego, ni siervo ni libre, no hay varón o mujer porque todos somos uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28).

Que así sea para Gloria de Dios Padre-Madre, Amén.

– Asociación Mulleres Cristiás Galegas Exeria
25 de marzo de 2017
En el 670 aniversario del nacimiento de Catalina de Siena,
matrona de Europa e doctora de la Iglesia

Anuncios

La gracia (o no) de ser mujer

Publicado en: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/03/22/religion-iglesia-opinion-manuel-regal-la-gracia-o-no-de-ser-mujer-christina-moreira-mujer-sacerdote-ordenacion-mujeres-ordinatio-sacerdotalis.shtml

(Manuel Regal).- Hace pocos días Christina Moreira hizo pública a través de los medios de comunicación su condición de mujer ordenada como cura y de su práctica pastoral como tal en la comunidad “Home Novo” de A Coruña.

La primera mujer gallega, la primera también española que da este paso, dentro de las 240 existentes en todo el mundo, entre las que se encuentra una docena de mujeres obispas, eso sí, sin ninguna estructura de poder. Lo hacía siendo conocedora de que con todo eso ella y la comunidad que la acompaña rompían con las normas eclesiásticas vigentes, pero desde el convencimiento de que respondía así a una vocación personal muy discernida, asentada en la condición de igualdad que hombre y mujer tienen por naturaleza como miembros de la familia cristiana a través del bautismo.

Ya hemos transmitido en estas mismas páginas nuestro opinión sobre la cuestión de la ordenación de las mujeres como cuidadoras de la comunidad. Cuando después del Vaticano II el Papa Paulo VI hubo de dar respuesta a la demanda eclesial de un debate sobre la cuestión, solicitó el parecer al respecto de un equipo de expertos en temas bíblicos; estos manifestaron unánimemente que desde un punto de vista exegético no había ningún impedimento para que las mujeres pudiesen ser ordenadas como cuidadoras de la comunidad.

Aún así, por indicación de este Papa, la Comisión para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal Seper, en el año 1976, publicó la declaración Inter insigniores, en la que se cerraba esta posibilidad echando mano básicamente de dos argumentos: Cristo, designando a los Doce apóstoles creó el servicio sacerdotal sólo para hombres, y la actuación sacramental in persona Christi demanda que sea hombre quien lo pueda representar.

Pensamos, con muchísimas personas creyentes, con muchísimos teólogos también, que esos dos argumentos son muy discutibles; el primero, porque no existe la seguridad de que la designación de los Doce hubiese tenido para Jesús el alcance de crear un cuerpo sacerdotal tal como después fue apareciendo en la Iglesia; y el segundo, por lo mismo y además porque condicionar con el sexo la capacidad representativa de Cristo, hoy parece simplemente aberrante. Quién mejor representará a Cristo será la persona, hombre o mujer, que más viva en la actitud de servir hasta el extremo de dar la vida.

Pero esos fueron también los argumentos de los que echó mano el Papa Juan Pablo II para cerrar el debate en su breve carta Ordinatio sacerdotalis del año 1994. Y así no tiene reparos en afirmar en ella que es “una disposición que hay que atribuir a la sabiduría del Señor del Universo”(n. 3). Permítaseme la vulgaridad, pero es mucho decir de Dios poder afirmar tal cosa por muy Papa que uno sea, máximo cuando no existen evidencias que lo justifiquen y las consecuencias son tan graves para todo el conjunto eclesial y para la mujeres en concreto, en un momento histórico en el que el feminismo se presenta como un signo de los tiempos que demanda escucha fiel, discernimiento atento y prácticas cuidadosamente maduradas.

Sin dudar para nada de sus rectísimas intenciones, a muchísimas personas de la Iglesia esa declaración nos ha llegado como una manera de esquivar el debate de un tema ciertamente espinoso, pasándole al mismísimo Dios la patata caliente.

El arzobispado de Santiago, en su declaración esquemática y aséptica, no hace sino emplear estas mismas argumentaciones para declarar ilícita e inválida la ordenación como cura de Christina Moreira y, por lo tanto, también los sacramentos que ella y su comunidad realizan y viven.

Pero así están las cosas. El deseo del Papa Juan Pablo II de que el asunto quedase definitivamente cerrado no se ha cumplido, porque la sociedad está ahí apretando y porque una parte muy considerable de la Iglesia seguimos pensando que esa fue una puerta mal cerrada.

Corremos el riesgo de convertirnos en una institución anacrónica, quizás ya lo estamos siendo en buena medida, y no precisamente por apegarnos en cuerpo y alma al estilo de vida de Jesús, lo cual merecería la pena el aislamiento, sino por vincularnos artificialmente a unos modelos eclesiales que podrían cambiar precisamente buscando ser más fieles al espíritu de Cristo.

Algo que una vecina nuestra, mujer de aldea, sin conocimientos teológicos, pero con fina sensibilidad cristiana, resolvía a su manera con esta argumentación simple en un momento en que en pequeño grupo se hablaba de estas cosas: “A mí me da igual que el médico sea hombre o mujer, que el profesor de nuestros hijos sea hombre o mujer, que el veterinario sea hombre o mujer; yo lo que quiero es que sea buena persona y que cumpla bien su oficio”. Lo más sencillo es casi siempre lo más verdadero.

La respuesta en los medios digitales ante la actuación de Christina Moreira demuestra hasta qué punto la desconsideración hacia la mujer, el machismo, tiene carta de ciudadanía en determinados sectores de la Iglesia, como la tiene también por desgracia en la sociedad de la que formamos parte.

Suponemos que Christina Moreira hace pública su condición y práctica de cura porque lo ve como algo normal, porque entiende que puede ser un signo profético en bien de la Iglesia y de las mujeres, porque piensa que puede ayudar a que el debate se mantenga vivo a pesar de todo. Suponemos que estará dispuesta a poner las espaldas bajo los golpes que le van a caer encima, como le caen a quien a tales cosas se arriesga. Deseamos que pueda vivir todo esto sin afán ninguno de méritos y prestigios cristianamente anacrónicos. De nuestra parte reciba respeto, cierta admiración y agradecimiento y oración: que los golpes no la hundan, que los aplausos no la confundan. Y Dios dirá.

Christina, en el nombre de Cristo

Publicado en: http://elprogreso.galiciae.com/noticia/677531/chistina-en-el-nombre-de-cristo

Incluso un pontífice considerado ‘progresista’ en su visión social como el papa Francisco ha manifestado su oposición a introducir cambios en el asunto. “Sobre la ordenación de mujeres en la Iglesia católica, la última palabra es clara y fue dicha por San Pablo II”, declaró en noviembre tras reunirse la jefa de la Iglesia luterana de Suecia. Ni la escasez de sacerdotes hace mella en una norma esculpida en piedra, parte infalible de la tradición católica y herencia misma de la palabra de Cristo, que solo se rodeó de hombres para formar su grupo de apóstoles.

No obstante, la coruñesa Christina Moreira se acoge a los principios de que el cristianismo es una fe que, por su misma naturaleza, es igualitaria y se planta contra lo establecido, rebelde frente a las jerarquías y privilegios del status quo. Quebrar el derecho canónico, por tanto, le parece un acto de justicia social y, especialmente, moral y espiritual. Algo semejante a lo que Manuel Espiña, fundador de la Comunidade Cristiana do Home Novo a la que pertenece, hizo introduciendo el gallego en misa.

La Biblia nada dice de la prohibición del sacerdocio para la mujer, argumenta la también estudiante de Teología. Los caminos a los que conducen las interpretaciones de la palabra divina son inescrutables; heréticos o legítimos según a quién se pregunte. “Solo el varón bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación”, retumba la legislación católica sobre este sacramento, que sí está accesible a las féminas en el luteranismo y el anglicanismo. “Ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús”, replican otros citando la Epístola a los gálatas del apóstol Pablo. “La Iglesia no tiene de ninguna manera la facultad de darle a las mujeres la ordenación sacerdotal, y esta sentencia debe ser considerada de modo definitivo por todos los fieles”, proclamaba Juan Pablo II. Dios creó a varón y hembra a su imagen, se remite al Génesis la Asociación de Presbíteras Católicas Romanas (ARCWP), el “movimiento de renovación y de justicia” en el que se adscribe Moreira junto a más de un centenar de curas y el cual aspira a “sanar siglos de misoginia” reclamando que las mujeres “presidan ante el altar y en todas las funciones de liderazgo en la Iglesia”. Las siete primeras de ellas fueron ordenadas en 2002 en aguas del Danubio por un prelado objetor que les transmitió de su mano la sucesión de los apóstoles. Ocurrió, pues, fuera de la jurisdicción de los obispos a fin de liberarse de la autoridad que estos poseen sobre los presbíteros.

apcr_color_solid_250px

RESISTENCIA ACTIVA. El sacrificio en nombre de sus creencias, otro fundamento del cristianismo, bien lo ha cumplido Moreira, quien en 2015 tuvo que desplazarse hasta Florida para ser ordenada presbítera por la ARCWP; la primera de toda España. Y, como Job, asume con perseverancia las pruebas de la adversidad, ya que el Vaticano ha excolmulgado a todas estas mujeres sacerdote.

“La ordenación de esa señora es ilícita e inválida, por lo que ni ella ni los fieles que la siguen celebran válidamente los sacramentos ni están en comunión con la Iglesia católica”, reacciona el arzobispado de Santiago de Compostela para desautorizar cualquier sacramento que oficie Moreira. “Lo que hace esa señora tiene el mismo valor en la Iglesia que si hiciera filloas”, atacan los fieles más inmovilistas.

Moreira tiene una camiseta rosa con alzacuellos que reza No te avergüences de lo que eres, muéstralo. La coruñesa se ampara en el efecto benéfico de sus actos, en su continuación del ministerio de Jesús, para pedir diálogo y apertura a Francisco. Hasta ahora, la denominada “teología femeninfemenina” del pontífice se reduce al anuncio de su intención de crear una comisión que estudie la posibilidad de que las mujeres puedan ser diáconas —un grado inferior al presbiterio y que puede realizar un servicio pero no administrar un sacramento—, amén de reivindicar que “la Virgen María era más importante” que apóstoles, obispos, diáconos y sacerdotes. Poder teórico, simbólico.

Mientras, con resistencia activa, Christina Moreira y la ARCWP esperan un progreso material, esta vez con el evangelio de Lucas en la mano. “Jesús llamó a las mujeres y a los hombres a ser discípulos”, está escrito en él.

 

Aprendiendo de las Sufragistas

Lucetta Scaraffia es caracterizada por El País Semanal como “una de las mujeres con más peso en el Vaticano”.

http://www.xlsemanal.com/personajes/20170123/lucetta-scaraffia-vaticano-mujer.html

Es la directora del suplemento femenino de L’Osservatore Romano. Al que pone como objetivo:

“Cada una con nuestros medios velamos por que las mujeres tengan un papel digno y real dentro de la Iglesia.”

Sin embargo, en una entrevista en la revista Vida Nueva, que ésta rescata en Facebook con ocasión del día de la mujer, Scaraffia afirma:

– Yo estoy en contra de la ordenación sacerdotal femenina. Me parece correcto que la Iglesia la rechace, pues está a favor de la igual dignidad, pero en papeles diferentes.

Lucetta Scaraffia me recordó aquella toma de posición de Victoria Kent en el parlamento español, cuando se discutía el voto femenino:

“Se discute en este momento el voto femenino y es significativo que una mujer como yo se levante en la tardee de hoy a decir a la Cámara, sencillamente, que creo que el voto femenino debe aplazarse. Lo dice una mujer que en el momento crítico de decirlo renuncia a un ideal. (…) No es cuestión de capacidad, es cuestión de oportunidad para la República. Entiendo que la mujer, para encariñarse con un ideal, necesita algún tiempo de convivencia con el mismo ideal. La mujer no se lanza a las cuestiones que no ve claras y por esto entiendo que son necesarios algunos años de convivencia con la República, y cuando transcurra este tiempo y vea la mujer los frutos de la República en su educación y en la vida de sus hijos, la mujer será la más ferviente, la más ardiente defensora de la República. (…) Creo que hoy, señores diputados, es peligroso conceder el voto a la mujer.”

Afortunadamente, estaba Clara Campoamor: “Comprendo la tortura de espíritu que debe sentir al verse en el trance de negar la capacidad de la mujer. Creo que por su pensamiento ha debido de pasar la amarga frase de Anatole France cuando nos habla de aquellos socialistas que, forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar contra los suyos.”

Extraído del libro: “La mujer olvidada”, Isaías Lafuente.

La actual situación de la mujer en la Iglesia es un pecado

Publicado en: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/03/08/religion-iglesia-opinion-dia-de-la-mujer-orge-costadoat-la-actual-condicion-de-la-mujer-en-la-iglesia-no-es-un-descuido-es-un-pecado-sinodo-de-la-mujer.shtml

El Papa Francisco ha abierto un ciclo de sínodos para auscultar lo que ocurre en la Iglesia. Terminó el sínodo de la familia. Comienza dentro de poco el de los jóvenes… ¡Extraordinario! Me pregunto: ¿no podría convocar un sínodo de la mujer?

No un sínodo “sobre” o “para” la mujer, sino uno “de” la mujer: organizado y llevado a efecto por las mismas mujeres. Uno “sobre” o “para” la mujer no se necesita. Terminaría en esos florilegios a las mujeres que, en vez atender a sus necesidades, las ensalzan tal cual son para que sigan haciéndolo tan bien como hasta ahora. Sí se necesita, en cambio, un sínodo “de” la mujer: urge oír a las mujeres.

Para la Iglesia la escucha de la palabra de Dios en los acontecimientos históricos tiene una obligatoriedad parecida a la de dejarse orientar por la Sagrada Escritura. Si Dios tiene algo que comunicar en nuestra época, la Iglesia ha de discernir entre las muchas voces que oye aquella que, gracias a los criterios que le suministra su tradición histórica, es imperioso reconocer, oír y poner en práctica.

Pues bien, sin duda la voz de los movimientos feministas de hace ya más de cien años constituye una palabra de Dios a la que la Iglesia debe poner atención. No toda propuesta feminista puede ser “palabra” de Dios, pero excluir que Dios quiera liberar a las mujeres ha llegado a ser, en teología, una especie de herejía; y, en la práctica, un tipo de pecado.

¿Qué habría la Iglesia de oír de la mujer como signo de los tiempos? El derecho de la mujer a ser mujer, entiendo, se expresa en dos tipos de movimientos (A. Touraine: 2016). El movimiento “feminista”, en términos generales, ha luchado para que la mujer tenga iguales derechos cívicos y políticos que los hombres. Este movimiento se replica en el campo eclesiástico en las demandas por participación de las mujeres en las instancias de gobierno, pastorales y sacramentales. La causa emblemática es la de la ordenación sacerdotal.

Pero hay otro movimiento que es más profundo y más crítico, y que constituye el fundamento de derechos jurídicamente exigibles. A saber, el movimiento “femenino” que tiene por objeto la liberación “de” la mujer “por” la mujer de las funciones, categorizaciones y servicios que se le han impuesto a lo largo de la historia. Me refiero a la liberación interior que algunas mujeres han logrado alcanzar, desprendiéndose del patriarcalismo y androcentrismo que les ha sido inoculado desde el día de su nacimiento.

La Iglesia institucional en el mundo de las democracias occidentales ha llegado tan tarde a luchar por los derechos de las mujeres; es más, ha sido tan sorda a sus clamores de comprensión y de dignidad, que tiene poca autoridad para hablar de ellas. La misma exclusión de las mujeres en las tomas de decisión eclesiales es prueba de un interés insincero o acomodaticio por ellas. Acaba de terminar un sínodo sobre la familia en el que no votó ninguna madre…

Es verdad que ha habido algún espacio en la Iglesia para una liberación femenina. Siempre ha sido posible el encuentro persona a persona entre Dios y la mujer -ocurrida, por ejemplo, en ejercicios espirituales y en la vida religiosa. Este encuentro ha hecho a las mujeres más mujeres. En estas ocasiones el amor de Dios ha podido sostener la lucha de una “hija de Dios” contra la “sirvienta” del marido, de su hijos, de su padre y de su propia madre (“machista”).

Pero, ¿han sido estos encuentros suficientemente significativos como para decir que la Iglesia se interese por la mujer? ¿Quiere realmente la Iglesia que sean ellas personas libres y dignas, capaces de recrearse y recrear la Iglesia con su diferencia? ¿Interesa al colegio episcopal acogerlas, es decir, está dispuesto a considerarlas realmente protagonistas y no actores secundarios de la evangelización? Hoy muchas mujeres piensan que el estamento eclesiástico las sacraliza para sacrificarlas.

La mujer hoy levanta la cabeza. Ya no aguanta que se aprovechen de su indulgencia. Me decía una señora de clase alta: “Dejé a mi ex marido cuando descubrí que me hacía sentir culpable por no tolerar sus violaciones”. Dos años después dejó la Iglesia.

La Iglesia necesita un sínodo de la mujer.

¿Cómo habría de hacerse? No dará lo mismo el cómo. En este sínodo tendrían que participar especialmente las mujeres que están haciendo la experiencia espiritual de haber sido liberadas por Dios del “hombre” que, personal, cultural o institucionalmente considerado las ha precarizado. Ayudarían las muchas teólogas de calidad que existen. Las he leído. Poco tendrían que aportar, por el contrario, mujeres asustadas con su propia libertad. ¿Pudieran participar en él algunos hombres? Sería indispensable. El descubrimiento de la mujer por la mujer necesita de la mediación de su “opresor”.

Hablo de algo grave. La actual condición de la mujer en la Iglesia, a estas alturas, no es un descuido. Es un pecado. La apuesta cristiana es esta: el Evangelio ayuda a que las mujeres lleguen a su plenitud; el anuncio del Evangelio si no se encamina a desplegar integralmente a las mujeres, no es evangélico.

Pensé que la carta del Concilio Vaticano II a las mujeres tendría algo que aportar sobre este tema. Nada. Todo lo contrario. Confirma el problema: “La Iglesia está orgullosa, vosotras lo sabéis, de haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer, en el curso de los siglos, dentro de la diversidad de los caracteres, su innata igualdad con el hombre”. Sigue: “Esposas, madres de familia, primeras educadores del género humano en el secreto de los hogares, transmitid a vuestros hijos y a vuestras hijas las tradiciones de vuestros padres, al mismo tiempo que los preparáis para el porvenir insondable. Acordaos siempre de que una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente” (año 1965). La mujer es alabada y postergada.

El Concilio no abordó el tema de la mujer. Esta carta fue un saludo a la bandera.

Se necesita un sínodo que, al menos, devuelva a las mujeres la importancia que tuvieron en las comunidades cristianas de siglo I. Un sínodo, y mejor un concilio, que ponga en práctica al Cristo liberador de las más diversas esclavitudes y auspiciador de la dignidad de los seres humanos sin exclusión.

 

El patriarca de Alejandría consagra a las primeras diaconisas tras su restauración

Fotos de la ceremonia: http://www.patriarchateofalexandria.com/index.php?module=news&action=details&id=1242#prettyPhoto

La noticia: http://basilica.ro/en/patriarch-theodoros-of-alexandria-performs-first-consecration-of-deaconesses/

De la Wikipedia:

La Iglesia ortodoxa de Alejandría o Patriarcado ortodoxo griego de Alejandría y de toda África, llamada también Iglesia ortodoxa griega de Alejandría para diferenciarla de la Iglesia copta, es una de las catorce Iglesias autocéfalas de la Iglesia ortodoxa. Está encabezada por el Patriarca ortodoxo de Alejandría y de toda África. El Patriarca ortodoxo de Alejandría se considera, al igual que el Papa copto ortodoxo y el Patriarca copto católico de Alejandría, sucesor de Marcos el Evangelista, a quien se atribuye la fundación de esta Iglesia en el siglo I, como obispo de Alejandría. Es uno de los cinco antiguos patriarcados de la Iglesia primitiva. Agrupa a unos 1.500.000 fieles en África.

Tras la decisión del Sínodo de restaurar el ministerio de las diaconisas, el pasado 17 de febrero, el Patriarca de Alejandría consagró a tres monjas y dos catequistas para asistir en los sacramentos del bautismo y matrimonio y en la labor catequética.

La restauración del diaconado femenino

Publicado: https://vidareligiosa.es/la-restauracion-del-diaconado-femenino/

(Alberto de Mingo, CSsR)  Redentorista y profesor de Teología Bíblica. Nos propone un artículo interesante, arriesgado y fundamentado. La realidad y la reflexión teológica están pidiendo resituar la presencia de la mujer en la sociedad y la Iglesia. Hay que volver a la Escritura, leerla en la sana tradición de la comunión y dejar que dé vida en el compromiso de la mujer para transformar el mundo. Queda mucho por hacer. El papa Francisco ha abierto la reflexión, estamos en proceso. Veremos.

Una Comisión de Estudio

El 12 de mayo de 2016, durante una audiencia con 900 religiosas reunidas para la asamblea trienal de la Unión Internacional de Superioras Generales, una de las religiosas preguntó al Papa:

“En la Iglesia existe el ministerio del diaconado permanente, pero sólo está abierto a varones casados y no-casados. ¿Qué impide que la Iglesia incluya mujeres entre los diáconos permanentes, como sucedía en la iglesia antigua? ¿Por qué no se crea una comisión oficial que estudie la cuestión?”.

El papa Francisco contestó que había consultado el tema tiempo atrás con un “buen y sabio profesor”, que le había dicho que no estaba claro cuál era el rol histórico de las diaconisas y, sobre todo, “si tenían ordenación o no”. “¿Poner en marcha una comisión para estudiar la cuestión?” –Se preguntó en voz alta– “Creo que sí. Le haría bien a la Iglesia aclarar este punto. Estoy de acuerdo, voy a hablar para hacer esto. Acepto la propuesta”1.

Dicho y hecho. El dos de agosto se creó la Comisión de Estudio sobre el Diaconado Femenino, formado por seis hombres y seis mujeres; entre ellos, dos españoles: Nuria Calduch, barcelonesa, profesora de Teología Bíblica en la Universidad Gregoriana de Roma y miembro de la Pontificia Comisión Bíblica; y Santiago Madrigal, riojano, profesor de Teología Dogmática en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid.

Los doce miembros están presididos por el arzobispo Luis Ladaria, también español –mallorquín–, secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Las labores de la Comisión empezaron en septiembre de 20162.

Diaconisas en el Nuevo

Testamento

Al final de la Carta a los Romanos, San Pablo presenta a la comunidad cristiana de Roma a Febe, persona de confianza del Apóstol:

“Os recomiendo a nuestra hermana Febe, diácono (diákonos) de la iglesia de Cencreas. Recibidla en el Señor, como corresponde a creyentes, y ayudadla en lo que necesite de vosotros, pues también ella ha sido benefactora de muchos, entre ellos de mí mismo” (16,1-2).

Cencreas era una localidad cercana a Corinto, en Grecia; Febe era diácono de la comunidad cristiana de esta ciudad. Se dice también que era ‘benefactora’ (prostátis), un título que da a entender que ayudaba con sus bienes a la Iglesia. Era, pues, una mujer con recursos económicos que se había puesto al servicio de la misión, probablemente ofreciendo también su casa para la celebración de la eucaristía (recordemos que en este momento la Iglesia no tiene templos, la comunidad se reúne en casas privadas). Febe fue la portadora de la Carta a los Romanos, la más importante epístola de San Pablo3.

Existe otro texto en el Nuevo Testamento en el que se podría estar hablando de mujeres diáconos:

De la misma manera, los diáconos deben ser hombres respetables, de una sola palabra, moderados en el uso del vino y enemigos de ganancias deshonestas. Que conserven el misterio de la fe con una conciencia pura. Primero se los pondrá a prueba, y luego, si no hay nada que reprocharles, se los admitirá al diaconado. Que las mujeres sean igualmente dignas, discretas para hablar de los demás, sobrias y fieles en todo (1 Timoteo 3,8-11).

¿Son estas “mujeres” esposas de los diáconos varones o diaconisas? Algunos padres de la Iglesia, como san Clemente de Alejandría o san Juan Crisóstomo, interpretaron este texto en el sentido de ‘diaconisas’, pero ambas lecturas son posibles4.

Diaconisas en los siglos II y III

El primer informe sobre el cristianismo escrito por un no-cristiano es la carta al emperador Trajano de Plinio el Joven, entonces gobernador de la provincia de Bitinia, en la orilla Sur del Mar Negro (año 112). En ella, Plinio menciona que para su pesquisa, torturó a dos cristianas, ambas esclavas, que eran diaconisas5.

Se han conservado otros testimonios sobre la actividad de las diaconisas durante estos siglos de persecución. Uno de los textos más impresionantes se encuentra en Didascalia Apostolorum, un libro del siglo III que estuvo perdido durante mucho tiempo hasta que fue redescubierto en el siglo XIX. Encontramos allí estas instrucciones para los obispos:

Por tanto, obispo, designa tres operarios de justicia como asistentes que colaboren contigo en la salvación. Aquellos que te plazcan de entre todos, debes elegir y nombrar diáconos: un hombre para la realización de la mayoría de las cosas necesarias, pero una mujer para el servicio de las mujeres. Pues hay casas a las que tú no puedes ir, ni puedes enviar un diácono a sus mujeres, debido a los paganos, pero puedes enviar una diaconisa. También porque en muchas otras materias se necesita el oficio de una mujer diácono. En primer lugar, cuando las mujeres bajan al agua [para ser bautizadas], deben ser ungidas por una diaconisa con el óleo de la unción; […] pues no es adecuado que las mujeres sean vistas por hombres […]. Que sea un hombre quien pronuncie la invocación de los divinos nombres sobre el agua y cuando la que está siendo bautizada salga del agua, que la diaconisa la reciba, la enseñe e instruya sobre cómo mantener intacto el sello del bautismo en pureza y santidad. Por esta causa decimos que el ministerio de la diaconisa es especialmente necesaria e importante. Pues nuestro Señor y Salvador también fue servido [en griego, diakonein] por mujeres ministras, María Magdalena, y María la hija de Santiago y madre de José, y la madre de los hijos de Zebedeo, junto con otras mujeres. Y tú también tienes necesidad del ministerio de una diaconisa para muchas cosas; pues se necesita una diaconisa para ir a las casas de los paganos en las que haya mujeres creyentes y visitar a las que están enfermas y servirlas en lo que sea necesario y bañar a las que han empezado a recobrarse de la enfermedad (Capítulo XVI)6.

Este texto permite hacernos una idea de la figura de la diaconisa en la iglesia de las catacumbas. Era peligroso o imposible para un hombre entrar en ciertas casas para hablar con sus mujeres, pero las diaconisas podían penetrar más fácilmente en estos espacios domésticos para atender pastoralmente a las mujeres y niños de una familia en la que un hombre no-cristiano ejercía su autoridad.

Otra situación que requería el ministerio del diaconado femenino era la administración del bautismo. Durante los primeros siglos, este sacramento se administraba siempre por inmersión y tanto hombres como mujeres se introducían desnudos al agua7. El pudor exigía que las mujeres fueran bautizadas por mujeres y no por hombres; las diaconisas ejercían este ministerio litúrgico, pero también se encargaban de instruir a las bautizadas en la vida cristiana. Otra función importante era la atención a las enfermas, que podría haber incluido la unción.

Diaconisas en Oriente y Occidente en los siglos posteriores

El final de las persecuciones –con la promulgación del Edicto de Milán en el año 313– no supuso el final del diaconado femenino, como atestigua este canon del Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451: “una mujer no debe recibir la imposición de manos como diaconisa antes de los cuarenta años de edad, y entonces sólo tras severo examen”8.

Una importante fuente de información sobre las diaconisas de este período son las inscripciones funerarias. Se han descubierto numerosas tumbas con lápidas que dejan claro que la mujer enterrada en ella es una diaconisa. Sirva como ejemplo este texto, que pertenece a un sepulcro encontrado en Capadocia (Turquía) y procede del siglo VI:

“Aquí yace la diaconisa María, de pía y bendita memoria, que siguiendo las palabras del apóstol, educó niños, acogió huéspedes, lavó los pies de los santos y compartió su pan con los necesitados. Recuérdala, Señor, cuando vengas en tu Reino”9.

Concilios locales celebrados en Occidente a inicios de la Edad Media empiezan a dar cuenta del malestar del clero masculino con las diaconisas y algunos decretan su supresión. El diaconado de las mujeres fue interrumpido en Occidente en el siglo V. En Oriente, subsistió hasta el siglo XII o XIII. Aun hoy, se siguen celebrando en Iglesia Ortodoxa las fiestas de varias santas diaconisas, como Melania, Olimpia, Xenia, Radegunda, Platonia, etc.

¿Estaban ordenadas las

diaconisas?

Existe una amplísima documentación sobre las diaconisas durante los primeros siglos de la Iglesia. Nadie puede, en buena fe, cuestionar que existieron; la duda está –como mencionó el papa Francisco– en si estaban ordenadas, si realizaban todas las competencias del diaconado masculino y si se las consideraba miembros del clero al igual que los diáconos varones. Esta es una cuestión complicada, porque durante los primeros siglos, la teología sacramental no estaba aun totalmente desarrollada y la cuestión de la ordenación no se planteaba con la precisión que se ganó en siglos posteriores.

Existe un texto en el que se habla de la ordenación de mujeres diaconisas mediante la imposición de manos, invocación del Espíritu Santo y celebración solemne presidida por el obispo en presencia del presbiterio, elementos propios del sacramento del Orden: las Constituciones Apostólicas. Las Constituciones Apostólicas es un libro, compuesto probablemente en Siria, que transmite supuestas instrucciones de los doce apóstoles. Estas enseñanzas en realidad no proceden de los apóstoles, sino que reflejan prácticas eclesiásticas de la época en la que se compuso el libro, el siglo IV. En él, podemos leer: “Acerca de las diaconisas Bartolomé ordena: Obispo, imponle las manos, estén presentes contigo el presbiterio, los diáconos y las diaconisas, y di: ‘Dios eterno, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Creador del hombre y de la mujer, que llenaste de espíritu a Miriam, a Débora, a Ana, y a Juldá, que no has considerado una indignidad que tu Hijo unigénito naciera de una mujer, que en la Tienda del Testimonio y en el Templo ordenaste guardianas de tus santas puertas, ahora también dirige tu mirada sobre esta sierva propuesta para el diaconado, dale el Espíritu Santo, purifícala de toda mancha de la carne y del espíritu, para que realice con dignidad la obra que le es confiada para gloria tuya y alabanza de Cristo. Por medio de Él, a ti gloria y adoración en el Espíritu Santo por los siglos. Amén’” (VIII, 19-20)10.

Los más críticos con la ordenación diaconal de las mujeres afirman que no hay pruebas irrefutables, que demuestren más allá de toda duda que las diaconisas de la Iglesia Antigua estaban ordenadas en el sentido sacramental. Phyllis Zagano, profesora de la Universidad Hofstra (Nueva York), una mujer que ha dedicado su vida a investigar sobre el diaconado femenino y que ha sido elegida miembro de la Comisión de Estudio convocada por el Papa, ha escrito que: “Existen argumentos más fuertes de la Escritura, historia, tradición y teología de que las mujeres pueden ser ordenadas diáconos de que las mujeres no pueden ser ordenadas diáconos”. Esta autora defiende la tesis de que “La restauración del diaconado femenino es necesaria para la continuidad de la vida apostólica y el ministerio de la Iglesia Católica Romana”11.

La restauración del diaconado permanente

Desde principios del siglo II, la Iglesia se ha organizado con una triple jerarquía. Cada diócesis es regida por un único obispo, asistido por presbíteros y diáconos. La función del diácono es ayudar al obispo, especialmente en los servicios caritativos de la comunidad (diákonos en griego quiere decir servidor), pero también en otras funciones tanto litúrgicas como formativas.

Al comienzo de la Edad Media, el diaconado permanente –tanto masculino como femenino– fue suprimido en Occidente; sólo quedó el diaconado temporal como paso previo a la ordenación presbiteral (reservado por tanto sólo a los varones). El Concilio Vaticano II recomendó la restauración del diaconado permanente:

“… se podrá restablecer en adelante el diaconado como grado propio y permanente de la Jerarquía. Corresponde a las distintas Conferencias territoriales de Obispos, de acuerdo con el mismo Sumo Pontífice, decidir si se cree oportuno y en dónde el establecer estos diáconos para la atención de los fieles. Con el consentimiento del Romano Pontífice, este diaconado podrá ser conferido a varones de edad madura, aunque estén casados, y también a jóvenes idóneos, para quienes debe mantenerse firme la ley del celibato” (Lumen Gentium, 29).

Siguiendo este mandato, el papa Pablo VI restauró en 1967 el diaconado permanente mediante la Carta Apostólica Sacrum diaconatus ordinem12. La cuestión que se plantea hoy es si esta restauración del diaconado permanente puede ampliarse para incluir a las mujeres –casadas o célibes–.

El documento de la Comisión Teológica Internacional, El diaconado: evolución y perspectivas –publicado en el año 2002–, es el documento oficial más amplio dedicado al estudio del diaconado femenino hasta la fecha y su lectura resulta imprescindible para cualquier persona interesada en este tema13. Después de larga consideración, tanto de datos históricos como de argumentos teológicos, concluye así:

En lo que respecta a la ordenación de mujeres para el diaconado, conviene notar que emergen dos indicaciones importantes de lo que ha sido expuesto hasta aquí: 1) las diaconisas de las que se hace mención en la Tradición de la Iglesia antigua –según lo que sugieren el rito de institución y las funciones ejercidas– no son pura y simplemente asimilables a los diáconos; 2) la unidad del sacramento del Orden, en la distinción clara entre los ministerios del obispo y de los presbíteros, por una parte, y el ministerio diaconal, por otra, está fuertemente subrayada por la Tradición eclesial, sobre todo en la doctrina del concilio Vaticano II y en la enseñanza posconciliar del Magisterio. A la luz de estos elementos puestos en evidencia por la investigación histórico-teológica presente, corresponderá al ministerio de discernimiento que el Señor ha establecido en su Iglesia pronunciarse con autoridad sobre la cuestión.

La cuestión de la ordenación de las mujeres, dictaminaba la Comisión Teológica Internacional hace quince años, está a la espera de un pronunciamiento del Magisterio de la Iglesia.

En 2009, el papa Benedicto XVI modificó el derecho canónico para aclarar la diferencia entre diáconos y presbíteros. Sólo estos últimos pueden considerarse sacerdotes que actúan “en la persona de Cristo” (in persona Christi)14. Esta distinción despeja un importante obstáculo a la ordenación diaconal de las mujeres: una razón que se esgrime en contra de la ordenación sacerdotal de la mujer es que el presbítero y el obispo, por el hecho de actuar in persona Christi, deben ser varones para mejor reflejar a Jesús, que era varón. Este argumento no puede aplicarse para negar la ordenación diaconal a las mujeres.

Importantes teólogos y hombres de Iglesia se encuentran hoy a ambos lados del debate sobre la ordenación diaconal de las mujeres: el Cardenal Kasper, muy próximo al papa Francisco, se ha mostrado a favor15; el Cardenal Müller, presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se ha pronunciado en contra de que pueda conferirse a las mujeres cualquier tipo de ordenación16. En la Comisión de Estudio, hay personas que se han manifestado a favor, otras en contra y otras que no se han pronunciado públicamente en ninguna de las dos direcciones.

Beneficios pastorales de la

ordenación diaconal de las mujeres

Personalmente, pienso que la ordenación diaconal de la mujer sería un paso adelante para la Iglesia Católica. Según los evangelios, algunas mujeres “habían seguido a Jesús y lo habían servido [en el texto griego, se utiliza aquí el verbo diakonein] desde que estaba en Galilea y habían subido con él a Jerusalén” (Marcos 15,40). Hoy son millones las mujeres católicas consagradas al cuidado a los enfermos, a la educación de los niños y al acompañamiento de los ancianos; a la administración de obras de misericordia; al estudio y docencia de la Teología; y a tantas antiguas y nuevas formas de servicio eclesial. Algunas de ellas presiden la liturgia de la Palabra y la distribución consiguiente de la comunión en lugares donde no llegan los sacerdotes. Desde los tiempos de Jesús hasta el presente, ha habido siempre mujeres que han ejercido la diaconía como servicio –estuvieran ordenadas o no–.

La formalización del servicio de las mujeres mediante la ordenación diaconal daría visibilidad pública a algo que es ya real y abriría al mismo tiempo nuevos caminos. Las diaconisas podrían predicar homilías; celebrar bautizos y bodas; así como participar en los órganos de gobierno de la Iglesia como miembros del clero. Con la incorporación de mujeres cualificadas y probadas, la Jerarquía católica se enriquecería enormemente y el Pueblo de Dios estaría mejor servido, tanto en la celebración de los sacramentos –con hombres y mujeres en torno al altar– como en el ejercicio cotidiano de las obras de misericordia.

Las reuniones de la Comisión comenzaron el pasado mes de septiembre. Recemos para que sus trece hombres y mujeres disciernan la voluntad del Espíritu Santo para nuestros días y allanen el camino a la decisión que el Papa debe tomar.

Miembros de la Comisión de

Estudio

Núria Calduch Benages, española, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica y profesora de la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma).

Francesca Cocchini, italiana, profesora de la Universidad La Sapienza (Roma) y del Instituto Patrístico Augustinianum (Roma).

Piero Coda, italiano, presidente del Instituto Universitario Sophia (Loppiano, Italia) y miembro de la Comisión Teológica Internacional.

Robert Dodaro, estadounidense, presidente del Instituto Patrístico Augustinianum (Roma).

Santiago Madrigal, español, profesor de eclesiología de la Universidad Pontificia Comillas (Madrid).

Maria Melone, italiana, presidente de la Universidad Pontificia Antonianum (Roma).

Karl-Heinz Menke, alemán, profesor emérito de Teología dogmática de la Universidad de Bonn y miembro de la Comisión Teológica Internacional.

Aimable Musoni, ruandés, profesor de eclesiología de la Pontificia Universidad Salesiana (Roma).

Bernard Pottier, belga, profesor del Instituto de Estudios Teológicos de Bruselas y miembro de la Comisión Teológica Internacional.

Marianne Schlosser, alemana, profesora de la Universidad de Viena y miembro de la Comisión Teológica Internacional.

Michelina Tenace, italiana, profesora de Pontificia Universidad Gregoriana (Roma).

Phyllis Zagano, estadounidense, profesora de la Universidad Hofstra (Nueva York).

Presidente de la Comisión: Arzobispo Luis Ladaria, español, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

1 La noticia apareció en numerosos medios de comunicación. Por ejemplo en: https://es.zenit.org/articles/el-papa-acepta-crear-una-comision-que-estudie-el-diaconado-femenino/ (Consultado el 20 de enero, 2017).

2 El nombramiento de la comisión fue anunciado el 2 de agosto. Cfr. http://es.radiovaticana.va/ news/ 2016/08/02/el_papa_crea_comisión_de_estudio_sobre_diaconado_de_mujeres/1248798 (Consultado el 20 de enero, 2017). Las reuniones se iniciaron en septiembre de 2017, pero poco se ha sabido de su desarrollo desde entonces.

3 He comentado sobre las mujeres en torno a San Pablo en mi artículo: Alberto de Mingo, San Pablo y las mujeres: Moralia 26 (2003) 7-29.

4 Clemente de Alejandría, Stromata 3.12; Juan Crisóstomo, Homilías sobre Primera Carta a Timoteo 11.11. He consultado las versiones on-line ofrecidas por http://www.newadvent.org (Consultado el 20 de enero, 2017).4

5 Epístola 10,96. El texto, que se conserva en latín, usa la palabra “ministrae”, que significa “diaconisas”.

6 Traducción mía del inglés. Tomado de la traducción al inglés de Hugh Connolly, disponible en: http://www.earlychristianwritings.com/text/didascalia.html (consultado el 20 de enero, 2017).

7 Hipólito de Roma, La Tradición Apostólica, Sígueme, Salamanca 1986, 75.

8Canon 15.http://www.earlychurchtexts.com/public/chalcedon_canons.htm (consultado el 20 de enero, 2017).

9 Ute E. Eisen, Women Officeholders in Early Christianity: Epigraphical and Literary Studies, Liturgical Press, Collegeville 2000, 166.

10Wilhelm Ültzen (editor), Constitutiones Apostolicae: textum graecum recognovit, praefatus est, annotationes criticas et indices subiecit, Sumptibus Stillerianis 1853, 219. Disponible en: http://books.google.com

11 Phyllis Zagano, Holy Saturday. An argument for the restoration of the female diaconate in the Catholic Church, New York: Crossroads 2000, edición electrónica. Otras obras de la autora: Phyllis Zagano (ed.), Women Deacons? Essays with Answers, Liturgical Press, Collegeville 2016; Phyllis Zagano, Women in Ministry: Emerging Questions on the Diaconate, Paulist Press, Mahwah 2012; Phyllis Zagano – Gary Macy – William T. Ditewig, Women Deacons: Past, Present, Future, Paulist Press, Mahwah 2011.

12 Disponible en: http://w2.vatican.va/content/paul-vi/la/motu_proprio/documents/hf_p-vi_motu-proprio_19670618_sacrum-diaconatus.html (Consultado el 20 de enero, 2017).

13 Disponible en: http://www.vatican.va /roman_curia/ congregations/cfaith/cti_documents/rc_con_cfaith_pro_05072004_diaconate_sp.html#CAP%CDTULO_I (Consultado el 20 de en enero, 2017).

14 “El canon 1009 del Código de derecho canónico de ahora en adelante tendrá tres parágrafos, en el primero y en el segundo de los cuales se mantendrá el texto del canon vigente, mientras que en el tercero el nuevo texto se redactará de manera que el canon 1009 §3 resulte así: ‘Aquellos que han sido constituidos en el orden del episcopado o del presbiterado reciben la misión y la facultad de actuar en la persona de Cristo Cabeza; los diáconos, en cambio, son habilitados para servir al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad’.” Carta Apostólica Omnium in mentem. http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/apost_letters/documents/hf_ben-xvi_apl_20091026_codex-iuris-canonici.html (Consultado el 20 de en enero, 2017).

15 http://www.americamagazine.org/issue/kasper-proposes-women-deacons

16 https://zenit.org/articles/women-deacons-a-perspective-on-the-sacrament-of-orders/.