La actual situación de la mujer en la Iglesia es un pecado

Publicado en: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/03/08/religion-iglesia-opinion-dia-de-la-mujer-orge-costadoat-la-actual-condicion-de-la-mujer-en-la-iglesia-no-es-un-descuido-es-un-pecado-sinodo-de-la-mujer.shtml

El Papa Francisco ha abierto un ciclo de sínodos para auscultar lo que ocurre en la Iglesia. Terminó el sínodo de la familia. Comienza dentro de poco el de los jóvenes… ¡Extraordinario! Me pregunto: ¿no podría convocar un sínodo de la mujer?

No un sínodo “sobre” o “para” la mujer, sino uno “de” la mujer: organizado y llevado a efecto por las mismas mujeres. Uno “sobre” o “para” la mujer no se necesita. Terminaría en esos florilegios a las mujeres que, en vez atender a sus necesidades, las ensalzan tal cual son para que sigan haciéndolo tan bien como hasta ahora. Sí se necesita, en cambio, un sínodo “de” la mujer: urge oír a las mujeres.

Para la Iglesia la escucha de la palabra de Dios en los acontecimientos históricos tiene una obligatoriedad parecida a la de dejarse orientar por la Sagrada Escritura. Si Dios tiene algo que comunicar en nuestra época, la Iglesia ha de discernir entre las muchas voces que oye aquella que, gracias a los criterios que le suministra su tradición histórica, es imperioso reconocer, oír y poner en práctica.

Pues bien, sin duda la voz de los movimientos feministas de hace ya más de cien años constituye una palabra de Dios a la que la Iglesia debe poner atención. No toda propuesta feminista puede ser “palabra” de Dios, pero excluir que Dios quiera liberar a las mujeres ha llegado a ser, en teología, una especie de herejía; y, en la práctica, un tipo de pecado.

¿Qué habría la Iglesia de oír de la mujer como signo de los tiempos? El derecho de la mujer a ser mujer, entiendo, se expresa en dos tipos de movimientos (A. Touraine: 2016). El movimiento “feminista”, en términos generales, ha luchado para que la mujer tenga iguales derechos cívicos y políticos que los hombres. Este movimiento se replica en el campo eclesiástico en las demandas por participación de las mujeres en las instancias de gobierno, pastorales y sacramentales. La causa emblemática es la de la ordenación sacerdotal.

Pero hay otro movimiento que es más profundo y más crítico, y que constituye el fundamento de derechos jurídicamente exigibles. A saber, el movimiento “femenino” que tiene por objeto la liberación “de” la mujer “por” la mujer de las funciones, categorizaciones y servicios que se le han impuesto a lo largo de la historia. Me refiero a la liberación interior que algunas mujeres han logrado alcanzar, desprendiéndose del patriarcalismo y androcentrismo que les ha sido inoculado desde el día de su nacimiento.

La Iglesia institucional en el mundo de las democracias occidentales ha llegado tan tarde a luchar por los derechos de las mujeres; es más, ha sido tan sorda a sus clamores de comprensión y de dignidad, que tiene poca autoridad para hablar de ellas. La misma exclusión de las mujeres en las tomas de decisión eclesiales es prueba de un interés insincero o acomodaticio por ellas. Acaba de terminar un sínodo sobre la familia en el que no votó ninguna madre…

Es verdad que ha habido algún espacio en la Iglesia para una liberación femenina. Siempre ha sido posible el encuentro persona a persona entre Dios y la mujer -ocurrida, por ejemplo, en ejercicios espirituales y en la vida religiosa. Este encuentro ha hecho a las mujeres más mujeres. En estas ocasiones el amor de Dios ha podido sostener la lucha de una “hija de Dios” contra la “sirvienta” del marido, de su hijos, de su padre y de su propia madre (“machista”).

Pero, ¿han sido estos encuentros suficientemente significativos como para decir que la Iglesia se interese por la mujer? ¿Quiere realmente la Iglesia que sean ellas personas libres y dignas, capaces de recrearse y recrear la Iglesia con su diferencia? ¿Interesa al colegio episcopal acogerlas, es decir, está dispuesto a considerarlas realmente protagonistas y no actores secundarios de la evangelización? Hoy muchas mujeres piensan que el estamento eclesiástico las sacraliza para sacrificarlas.

La mujer hoy levanta la cabeza. Ya no aguanta que se aprovechen de su indulgencia. Me decía una señora de clase alta: “Dejé a mi ex marido cuando descubrí que me hacía sentir culpable por no tolerar sus violaciones”. Dos años después dejó la Iglesia.

La Iglesia necesita un sínodo de la mujer.

¿Cómo habría de hacerse? No dará lo mismo el cómo. En este sínodo tendrían que participar especialmente las mujeres que están haciendo la experiencia espiritual de haber sido liberadas por Dios del “hombre” que, personal, cultural o institucionalmente considerado las ha precarizado. Ayudarían las muchas teólogas de calidad que existen. Las he leído. Poco tendrían que aportar, por el contrario, mujeres asustadas con su propia libertad. ¿Pudieran participar en él algunos hombres? Sería indispensable. El descubrimiento de la mujer por la mujer necesita de la mediación de su “opresor”.

Hablo de algo grave. La actual condición de la mujer en la Iglesia, a estas alturas, no es un descuido. Es un pecado. La apuesta cristiana es esta: el Evangelio ayuda a que las mujeres lleguen a su plenitud; el anuncio del Evangelio si no se encamina a desplegar integralmente a las mujeres, no es evangélico.

Pensé que la carta del Concilio Vaticano II a las mujeres tendría algo que aportar sobre este tema. Nada. Todo lo contrario. Confirma el problema: “La Iglesia está orgullosa, vosotras lo sabéis, de haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer, en el curso de los siglos, dentro de la diversidad de los caracteres, su innata igualdad con el hombre”. Sigue: “Esposas, madres de familia, primeras educadores del género humano en el secreto de los hogares, transmitid a vuestros hijos y a vuestras hijas las tradiciones de vuestros padres, al mismo tiempo que los preparáis para el porvenir insondable. Acordaos siempre de que una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente” (año 1965). La mujer es alabada y postergada.

El Concilio no abordó el tema de la mujer. Esta carta fue un saludo a la bandera.

Se necesita un sínodo que, al menos, devuelva a las mujeres la importancia que tuvieron en las comunidades cristianas de siglo I. Un sínodo, y mejor un concilio, que ponga en práctica al Cristo liberador de las más diversas esclavitudes y auspiciador de la dignidad de los seres humanos sin exclusión.

 

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El patriarca de Alejandría consagra a las primeras diaconisas tras su restauración

Fotos de la ceremonia: http://www.patriarchateofalexandria.com/index.php?module=news&action=details&id=1242#prettyPhoto

La noticia: http://basilica.ro/en/patriarch-theodoros-of-alexandria-performs-first-consecration-of-deaconesses/

De la Wikipedia:

La Iglesia ortodoxa de Alejandría o Patriarcado ortodoxo griego de Alejandría y de toda África, llamada también Iglesia ortodoxa griega de Alejandría para diferenciarla de la Iglesia copta, es una de las catorce Iglesias autocéfalas de la Iglesia ortodoxa. Está encabezada por el Patriarca ortodoxo de Alejandría y de toda África. El Patriarca ortodoxo de Alejandría se considera, al igual que el Papa copto ortodoxo y el Patriarca copto católico de Alejandría, sucesor de Marcos el Evangelista, a quien se atribuye la fundación de esta Iglesia en el siglo I, como obispo de Alejandría. Es uno de los cinco antiguos patriarcados de la Iglesia primitiva. Agrupa a unos 1.500.000 fieles en África.

Tras la decisión del Sínodo de restaurar el ministerio de las diaconisas, el pasado 17 de febrero, el Patriarca de Alejandría consagró a tres monjas y dos catequistas para asistir en los sacramentos del bautismo y matrimonio y en la labor catequética.

La restauración del diaconado femenino

Publicado: https://vidareligiosa.es/la-restauracion-del-diaconado-femenino/

(Alberto de Mingo, CSsR)  Redentorista y profesor de Teología Bíblica. Nos propone un artículo interesante, arriesgado y fundamentado. La realidad y la reflexión teológica están pidiendo resituar la presencia de la mujer en la sociedad y la Iglesia. Hay que volver a la Escritura, leerla en la sana tradición de la comunión y dejar que dé vida en el compromiso de la mujer para transformar el mundo. Queda mucho por hacer. El papa Francisco ha abierto la reflexión, estamos en proceso. Veremos.

Una Comisión de Estudio

El 12 de mayo de 2016, durante una audiencia con 900 religiosas reunidas para la asamblea trienal de la Unión Internacional de Superioras Generales, una de las religiosas preguntó al Papa:

“En la Iglesia existe el ministerio del diaconado permanente, pero sólo está abierto a varones casados y no-casados. ¿Qué impide que la Iglesia incluya mujeres entre los diáconos permanentes, como sucedía en la iglesia antigua? ¿Por qué no se crea una comisión oficial que estudie la cuestión?”.

El papa Francisco contestó que había consultado el tema tiempo atrás con un “buen y sabio profesor”, que le había dicho que no estaba claro cuál era el rol histórico de las diaconisas y, sobre todo, “si tenían ordenación o no”. “¿Poner en marcha una comisión para estudiar la cuestión?” –Se preguntó en voz alta– “Creo que sí. Le haría bien a la Iglesia aclarar este punto. Estoy de acuerdo, voy a hablar para hacer esto. Acepto la propuesta”1.

Dicho y hecho. El dos de agosto se creó la Comisión de Estudio sobre el Diaconado Femenino, formado por seis hombres y seis mujeres; entre ellos, dos españoles: Nuria Calduch, barcelonesa, profesora de Teología Bíblica en la Universidad Gregoriana de Roma y miembro de la Pontificia Comisión Bíblica; y Santiago Madrigal, riojano, profesor de Teología Dogmática en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid.

Los doce miembros están presididos por el arzobispo Luis Ladaria, también español –mallorquín–, secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Las labores de la Comisión empezaron en septiembre de 20162.

Diaconisas en el Nuevo

Testamento

Al final de la Carta a los Romanos, San Pablo presenta a la comunidad cristiana de Roma a Febe, persona de confianza del Apóstol:

“Os recomiendo a nuestra hermana Febe, diácono (diákonos) de la iglesia de Cencreas. Recibidla en el Señor, como corresponde a creyentes, y ayudadla en lo que necesite de vosotros, pues también ella ha sido benefactora de muchos, entre ellos de mí mismo” (16,1-2).

Cencreas era una localidad cercana a Corinto, en Grecia; Febe era diácono de la comunidad cristiana de esta ciudad. Se dice también que era ‘benefactora’ (prostátis), un título que da a entender que ayudaba con sus bienes a la Iglesia. Era, pues, una mujer con recursos económicos que se había puesto al servicio de la misión, probablemente ofreciendo también su casa para la celebración de la eucaristía (recordemos que en este momento la Iglesia no tiene templos, la comunidad se reúne en casas privadas). Febe fue la portadora de la Carta a los Romanos, la más importante epístola de San Pablo3.

Existe otro texto en el Nuevo Testamento en el que se podría estar hablando de mujeres diáconos:

De la misma manera, los diáconos deben ser hombres respetables, de una sola palabra, moderados en el uso del vino y enemigos de ganancias deshonestas. Que conserven el misterio de la fe con una conciencia pura. Primero se los pondrá a prueba, y luego, si no hay nada que reprocharles, se los admitirá al diaconado. Que las mujeres sean igualmente dignas, discretas para hablar de los demás, sobrias y fieles en todo (1 Timoteo 3,8-11).

¿Son estas “mujeres” esposas de los diáconos varones o diaconisas? Algunos padres de la Iglesia, como san Clemente de Alejandría o san Juan Crisóstomo, interpretaron este texto en el sentido de ‘diaconisas’, pero ambas lecturas son posibles4.

Diaconisas en los siglos II y III

El primer informe sobre el cristianismo escrito por un no-cristiano es la carta al emperador Trajano de Plinio el Joven, entonces gobernador de la provincia de Bitinia, en la orilla Sur del Mar Negro (año 112). En ella, Plinio menciona que para su pesquisa, torturó a dos cristianas, ambas esclavas, que eran diaconisas5.

Se han conservado otros testimonios sobre la actividad de las diaconisas durante estos siglos de persecución. Uno de los textos más impresionantes se encuentra en Didascalia Apostolorum, un libro del siglo III que estuvo perdido durante mucho tiempo hasta que fue redescubierto en el siglo XIX. Encontramos allí estas instrucciones para los obispos:

Por tanto, obispo, designa tres operarios de justicia como asistentes que colaboren contigo en la salvación. Aquellos que te plazcan de entre todos, debes elegir y nombrar diáconos: un hombre para la realización de la mayoría de las cosas necesarias, pero una mujer para el servicio de las mujeres. Pues hay casas a las que tú no puedes ir, ni puedes enviar un diácono a sus mujeres, debido a los paganos, pero puedes enviar una diaconisa. También porque en muchas otras materias se necesita el oficio de una mujer diácono. En primer lugar, cuando las mujeres bajan al agua [para ser bautizadas], deben ser ungidas por una diaconisa con el óleo de la unción; […] pues no es adecuado que las mujeres sean vistas por hombres […]. Que sea un hombre quien pronuncie la invocación de los divinos nombres sobre el agua y cuando la que está siendo bautizada salga del agua, que la diaconisa la reciba, la enseñe e instruya sobre cómo mantener intacto el sello del bautismo en pureza y santidad. Por esta causa decimos que el ministerio de la diaconisa es especialmente necesaria e importante. Pues nuestro Señor y Salvador también fue servido [en griego, diakonein] por mujeres ministras, María Magdalena, y María la hija de Santiago y madre de José, y la madre de los hijos de Zebedeo, junto con otras mujeres. Y tú también tienes necesidad del ministerio de una diaconisa para muchas cosas; pues se necesita una diaconisa para ir a las casas de los paganos en las que haya mujeres creyentes y visitar a las que están enfermas y servirlas en lo que sea necesario y bañar a las que han empezado a recobrarse de la enfermedad (Capítulo XVI)6.

Este texto permite hacernos una idea de la figura de la diaconisa en la iglesia de las catacumbas. Era peligroso o imposible para un hombre entrar en ciertas casas para hablar con sus mujeres, pero las diaconisas podían penetrar más fácilmente en estos espacios domésticos para atender pastoralmente a las mujeres y niños de una familia en la que un hombre no-cristiano ejercía su autoridad.

Otra situación que requería el ministerio del diaconado femenino era la administración del bautismo. Durante los primeros siglos, este sacramento se administraba siempre por inmersión y tanto hombres como mujeres se introducían desnudos al agua7. El pudor exigía que las mujeres fueran bautizadas por mujeres y no por hombres; las diaconisas ejercían este ministerio litúrgico, pero también se encargaban de instruir a las bautizadas en la vida cristiana. Otra función importante era la atención a las enfermas, que podría haber incluido la unción.

Diaconisas en Oriente y Occidente en los siglos posteriores

El final de las persecuciones –con la promulgación del Edicto de Milán en el año 313– no supuso el final del diaconado femenino, como atestigua este canon del Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451: “una mujer no debe recibir la imposición de manos como diaconisa antes de los cuarenta años de edad, y entonces sólo tras severo examen”8.

Una importante fuente de información sobre las diaconisas de este período son las inscripciones funerarias. Se han descubierto numerosas tumbas con lápidas que dejan claro que la mujer enterrada en ella es una diaconisa. Sirva como ejemplo este texto, que pertenece a un sepulcro encontrado en Capadocia (Turquía) y procede del siglo VI:

“Aquí yace la diaconisa María, de pía y bendita memoria, que siguiendo las palabras del apóstol, educó niños, acogió huéspedes, lavó los pies de los santos y compartió su pan con los necesitados. Recuérdala, Señor, cuando vengas en tu Reino”9.

Concilios locales celebrados en Occidente a inicios de la Edad Media empiezan a dar cuenta del malestar del clero masculino con las diaconisas y algunos decretan su supresión. El diaconado de las mujeres fue interrumpido en Occidente en el siglo V. En Oriente, subsistió hasta el siglo XII o XIII. Aun hoy, se siguen celebrando en Iglesia Ortodoxa las fiestas de varias santas diaconisas, como Melania, Olimpia, Xenia, Radegunda, Platonia, etc.

¿Estaban ordenadas las

diaconisas?

Existe una amplísima documentación sobre las diaconisas durante los primeros siglos de la Iglesia. Nadie puede, en buena fe, cuestionar que existieron; la duda está –como mencionó el papa Francisco– en si estaban ordenadas, si realizaban todas las competencias del diaconado masculino y si se las consideraba miembros del clero al igual que los diáconos varones. Esta es una cuestión complicada, porque durante los primeros siglos, la teología sacramental no estaba aun totalmente desarrollada y la cuestión de la ordenación no se planteaba con la precisión que se ganó en siglos posteriores.

Existe un texto en el que se habla de la ordenación de mujeres diaconisas mediante la imposición de manos, invocación del Espíritu Santo y celebración solemne presidida por el obispo en presencia del presbiterio, elementos propios del sacramento del Orden: las Constituciones Apostólicas. Las Constituciones Apostólicas es un libro, compuesto probablemente en Siria, que transmite supuestas instrucciones de los doce apóstoles. Estas enseñanzas en realidad no proceden de los apóstoles, sino que reflejan prácticas eclesiásticas de la época en la que se compuso el libro, el siglo IV. En él, podemos leer: “Acerca de las diaconisas Bartolomé ordena: Obispo, imponle las manos, estén presentes contigo el presbiterio, los diáconos y las diaconisas, y di: ‘Dios eterno, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Creador del hombre y de la mujer, que llenaste de espíritu a Miriam, a Débora, a Ana, y a Juldá, que no has considerado una indignidad que tu Hijo unigénito naciera de una mujer, que en la Tienda del Testimonio y en el Templo ordenaste guardianas de tus santas puertas, ahora también dirige tu mirada sobre esta sierva propuesta para el diaconado, dale el Espíritu Santo, purifícala de toda mancha de la carne y del espíritu, para que realice con dignidad la obra que le es confiada para gloria tuya y alabanza de Cristo. Por medio de Él, a ti gloria y adoración en el Espíritu Santo por los siglos. Amén’” (VIII, 19-20)10.

Los más críticos con la ordenación diaconal de las mujeres afirman que no hay pruebas irrefutables, que demuestren más allá de toda duda que las diaconisas de la Iglesia Antigua estaban ordenadas en el sentido sacramental. Phyllis Zagano, profesora de la Universidad Hofstra (Nueva York), una mujer que ha dedicado su vida a investigar sobre el diaconado femenino y que ha sido elegida miembro de la Comisión de Estudio convocada por el Papa, ha escrito que: “Existen argumentos más fuertes de la Escritura, historia, tradición y teología de que las mujeres pueden ser ordenadas diáconos de que las mujeres no pueden ser ordenadas diáconos”. Esta autora defiende la tesis de que “La restauración del diaconado femenino es necesaria para la continuidad de la vida apostólica y el ministerio de la Iglesia Católica Romana”11.

La restauración del diaconado permanente

Desde principios del siglo II, la Iglesia se ha organizado con una triple jerarquía. Cada diócesis es regida por un único obispo, asistido por presbíteros y diáconos. La función del diácono es ayudar al obispo, especialmente en los servicios caritativos de la comunidad (diákonos en griego quiere decir servidor), pero también en otras funciones tanto litúrgicas como formativas.

Al comienzo de la Edad Media, el diaconado permanente –tanto masculino como femenino– fue suprimido en Occidente; sólo quedó el diaconado temporal como paso previo a la ordenación presbiteral (reservado por tanto sólo a los varones). El Concilio Vaticano II recomendó la restauración del diaconado permanente:

“… se podrá restablecer en adelante el diaconado como grado propio y permanente de la Jerarquía. Corresponde a las distintas Conferencias territoriales de Obispos, de acuerdo con el mismo Sumo Pontífice, decidir si se cree oportuno y en dónde el establecer estos diáconos para la atención de los fieles. Con el consentimiento del Romano Pontífice, este diaconado podrá ser conferido a varones de edad madura, aunque estén casados, y también a jóvenes idóneos, para quienes debe mantenerse firme la ley del celibato” (Lumen Gentium, 29).

Siguiendo este mandato, el papa Pablo VI restauró en 1967 el diaconado permanente mediante la Carta Apostólica Sacrum diaconatus ordinem12. La cuestión que se plantea hoy es si esta restauración del diaconado permanente puede ampliarse para incluir a las mujeres –casadas o célibes–.

El documento de la Comisión Teológica Internacional, El diaconado: evolución y perspectivas –publicado en el año 2002–, es el documento oficial más amplio dedicado al estudio del diaconado femenino hasta la fecha y su lectura resulta imprescindible para cualquier persona interesada en este tema13. Después de larga consideración, tanto de datos históricos como de argumentos teológicos, concluye así:

En lo que respecta a la ordenación de mujeres para el diaconado, conviene notar que emergen dos indicaciones importantes de lo que ha sido expuesto hasta aquí: 1) las diaconisas de las que se hace mención en la Tradición de la Iglesia antigua –según lo que sugieren el rito de institución y las funciones ejercidas– no son pura y simplemente asimilables a los diáconos; 2) la unidad del sacramento del Orden, en la distinción clara entre los ministerios del obispo y de los presbíteros, por una parte, y el ministerio diaconal, por otra, está fuertemente subrayada por la Tradición eclesial, sobre todo en la doctrina del concilio Vaticano II y en la enseñanza posconciliar del Magisterio. A la luz de estos elementos puestos en evidencia por la investigación histórico-teológica presente, corresponderá al ministerio de discernimiento que el Señor ha establecido en su Iglesia pronunciarse con autoridad sobre la cuestión.

La cuestión de la ordenación de las mujeres, dictaminaba la Comisión Teológica Internacional hace quince años, está a la espera de un pronunciamiento del Magisterio de la Iglesia.

En 2009, el papa Benedicto XVI modificó el derecho canónico para aclarar la diferencia entre diáconos y presbíteros. Sólo estos últimos pueden considerarse sacerdotes que actúan “en la persona de Cristo” (in persona Christi)14. Esta distinción despeja un importante obstáculo a la ordenación diaconal de las mujeres: una razón que se esgrime en contra de la ordenación sacerdotal de la mujer es que el presbítero y el obispo, por el hecho de actuar in persona Christi, deben ser varones para mejor reflejar a Jesús, que era varón. Este argumento no puede aplicarse para negar la ordenación diaconal a las mujeres.

Importantes teólogos y hombres de Iglesia se encuentran hoy a ambos lados del debate sobre la ordenación diaconal de las mujeres: el Cardenal Kasper, muy próximo al papa Francisco, se ha mostrado a favor15; el Cardenal Müller, presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se ha pronunciado en contra de que pueda conferirse a las mujeres cualquier tipo de ordenación16. En la Comisión de Estudio, hay personas que se han manifestado a favor, otras en contra y otras que no se han pronunciado públicamente en ninguna de las dos direcciones.

Beneficios pastorales de la

ordenación diaconal de las mujeres

Personalmente, pienso que la ordenación diaconal de la mujer sería un paso adelante para la Iglesia Católica. Según los evangelios, algunas mujeres “habían seguido a Jesús y lo habían servido [en el texto griego, se utiliza aquí el verbo diakonein] desde que estaba en Galilea y habían subido con él a Jerusalén” (Marcos 15,40). Hoy son millones las mujeres católicas consagradas al cuidado a los enfermos, a la educación de los niños y al acompañamiento de los ancianos; a la administración de obras de misericordia; al estudio y docencia de la Teología; y a tantas antiguas y nuevas formas de servicio eclesial. Algunas de ellas presiden la liturgia de la Palabra y la distribución consiguiente de la comunión en lugares donde no llegan los sacerdotes. Desde los tiempos de Jesús hasta el presente, ha habido siempre mujeres que han ejercido la diaconía como servicio –estuvieran ordenadas o no–.

La formalización del servicio de las mujeres mediante la ordenación diaconal daría visibilidad pública a algo que es ya real y abriría al mismo tiempo nuevos caminos. Las diaconisas podrían predicar homilías; celebrar bautizos y bodas; así como participar en los órganos de gobierno de la Iglesia como miembros del clero. Con la incorporación de mujeres cualificadas y probadas, la Jerarquía católica se enriquecería enormemente y el Pueblo de Dios estaría mejor servido, tanto en la celebración de los sacramentos –con hombres y mujeres en torno al altar– como en el ejercicio cotidiano de las obras de misericordia.

Las reuniones de la Comisión comenzaron el pasado mes de septiembre. Recemos para que sus trece hombres y mujeres disciernan la voluntad del Espíritu Santo para nuestros días y allanen el camino a la decisión que el Papa debe tomar.

Miembros de la Comisión de

Estudio

Núria Calduch Benages, española, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica y profesora de la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma).

Francesca Cocchini, italiana, profesora de la Universidad La Sapienza (Roma) y del Instituto Patrístico Augustinianum (Roma).

Piero Coda, italiano, presidente del Instituto Universitario Sophia (Loppiano, Italia) y miembro de la Comisión Teológica Internacional.

Robert Dodaro, estadounidense, presidente del Instituto Patrístico Augustinianum (Roma).

Santiago Madrigal, español, profesor de eclesiología de la Universidad Pontificia Comillas (Madrid).

Maria Melone, italiana, presidente de la Universidad Pontificia Antonianum (Roma).

Karl-Heinz Menke, alemán, profesor emérito de Teología dogmática de la Universidad de Bonn y miembro de la Comisión Teológica Internacional.

Aimable Musoni, ruandés, profesor de eclesiología de la Pontificia Universidad Salesiana (Roma).

Bernard Pottier, belga, profesor del Instituto de Estudios Teológicos de Bruselas y miembro de la Comisión Teológica Internacional.

Marianne Schlosser, alemana, profesora de la Universidad de Viena y miembro de la Comisión Teológica Internacional.

Michelina Tenace, italiana, profesora de Pontificia Universidad Gregoriana (Roma).

Phyllis Zagano, estadounidense, profesora de la Universidad Hofstra (Nueva York).

Presidente de la Comisión: Arzobispo Luis Ladaria, español, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

1 La noticia apareció en numerosos medios de comunicación. Por ejemplo en: https://es.zenit.org/articles/el-papa-acepta-crear-una-comision-que-estudie-el-diaconado-femenino/ (Consultado el 20 de enero, 2017).

2 El nombramiento de la comisión fue anunciado el 2 de agosto. Cfr. http://es.radiovaticana.va/ news/ 2016/08/02/el_papa_crea_comisión_de_estudio_sobre_diaconado_de_mujeres/1248798 (Consultado el 20 de enero, 2017). Las reuniones se iniciaron en septiembre de 2017, pero poco se ha sabido de su desarrollo desde entonces.

3 He comentado sobre las mujeres en torno a San Pablo en mi artículo: Alberto de Mingo, San Pablo y las mujeres: Moralia 26 (2003) 7-29.

4 Clemente de Alejandría, Stromata 3.12; Juan Crisóstomo, Homilías sobre Primera Carta a Timoteo 11.11. He consultado las versiones on-line ofrecidas por http://www.newadvent.org (Consultado el 20 de enero, 2017).4

5 Epístola 10,96. El texto, que se conserva en latín, usa la palabra “ministrae”, que significa “diaconisas”.

6 Traducción mía del inglés. Tomado de la traducción al inglés de Hugh Connolly, disponible en: http://www.earlychristianwritings.com/text/didascalia.html (consultado el 20 de enero, 2017).

7 Hipólito de Roma, La Tradición Apostólica, Sígueme, Salamanca 1986, 75.

8Canon 15.http://www.earlychurchtexts.com/public/chalcedon_canons.htm (consultado el 20 de enero, 2017).

9 Ute E. Eisen, Women Officeholders in Early Christianity: Epigraphical and Literary Studies, Liturgical Press, Collegeville 2000, 166.

10Wilhelm Ültzen (editor), Constitutiones Apostolicae: textum graecum recognovit, praefatus est, annotationes criticas et indices subiecit, Sumptibus Stillerianis 1853, 219. Disponible en: http://books.google.com

11 Phyllis Zagano, Holy Saturday. An argument for the restoration of the female diaconate in the Catholic Church, New York: Crossroads 2000, edición electrónica. Otras obras de la autora: Phyllis Zagano (ed.), Women Deacons? Essays with Answers, Liturgical Press, Collegeville 2016; Phyllis Zagano, Women in Ministry: Emerging Questions on the Diaconate, Paulist Press, Mahwah 2012; Phyllis Zagano – Gary Macy – William T. Ditewig, Women Deacons: Past, Present, Future, Paulist Press, Mahwah 2011.

12 Disponible en: http://w2.vatican.va/content/paul-vi/la/motu_proprio/documents/hf_p-vi_motu-proprio_19670618_sacrum-diaconatus.html (Consultado el 20 de enero, 2017).

13 Disponible en: http://www.vatican.va /roman_curia/ congregations/cfaith/cti_documents/rc_con_cfaith_pro_05072004_diaconate_sp.html#CAP%CDTULO_I (Consultado el 20 de en enero, 2017).

14 “El canon 1009 del Código de derecho canónico de ahora en adelante tendrá tres parágrafos, en el primero y en el segundo de los cuales se mantendrá el texto del canon vigente, mientras que en el tercero el nuevo texto se redactará de manera que el canon 1009 §3 resulte así: ‘Aquellos que han sido constituidos en el orden del episcopado o del presbiterado reciben la misión y la facultad de actuar en la persona de Cristo Cabeza; los diáconos, en cambio, son habilitados para servir al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad’.” Carta Apostólica Omnium in mentem. http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/apost_letters/documents/hf_ben-xvi_apl_20091026_codex-iuris-canonici.html (Consultado el 20 de en enero, 2017).

15 http://www.americamagazine.org/issue/kasper-proposes-women-deacons

16 https://zenit.org/articles/women-deacons-a-perspective-on-the-sacrament-of-orders/.

 

 

La Civiltà Cattolica: No se puede sólo recurrir al pasado

Publicado en: http://magister.blogautore.espresso.repubblica.it/2017/02/07/novedades-desde-santa-marta-puertas-abiertas-a-las-mujeres-sacerdotes/?refresh_ce

Artículo original: http://www.laciviltacattolica.it/articolo/la-donna-e-il-diaconato/

“La Civiltà Cattolica” no es una revista cualquiera. Por estatuto, cada una de sus líneas es impresa con el control previo de la Santa Sede. Pero además está el estrechísimo vínculo confidencial que existe entre Jorge Mario Bergoglio y el director de la revista, el jesuita Antonio Spadaro.

Quien a su vez tiene su colaborador de más confianza en el vice-director Giancarlo Pani, también él jesuita, al igual que todos los escritores de la revista.

(…)

NO SE PUEDE SÓLO RECURRIR AL PASADO

por Giancarlo Pani S.I.

[…] En la solemnidad de Pentecostés de 1994 el papa Juan Pablo retomó, en la Carta Apostólica “Ordinatio sacerdotalis“, el punto de llegada de una serie de anteriores intervenciones magisteriales (entre ellas “Inter insigniores”), concluyendo que Jesús ha elegido solamente hombres para el ministerio sacerdotal. En consecuencia, «la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres. Este dictamen debe ser considerado como definitiva por todos los fieles de la Iglesia».

El pronunciamiento era una palabra clara para todos los que consideraban que podían discutir el rechazo de la ordenación sacerdotal de las mujeres. Sin embargo, […] poco tiempo después, luego de los problemas suscitados no tanto por la doctrina cuanto por la fuerza con la que era presentada, se planteaba un interrogante a la Congregación para la Doctrina de la Fe: la “Ordinatio sacerdotalis” puede «ser considerada como perteneciente al depósito de la fe?». La respuesta fue «afirmativa», y la doctrina ha sido calificada como “infallibiliter proposita”, es decir, «se la debe mantener siempre, en todas partes y por todos los fieles».

Las dificultades de recepción de la respuesta creó «tensiones» en las relaciones entre Magisterio y Teología por los problemas vinculados. Éstos son relevantes a la teología fundamental respecto a la infalibilidad. Es la primera vez en la historia que la Congregación apela explícitamente a la Constitución “Lumen gentium”, n. 25, donde se proclama la infalibilidad de una doctrina porque es enseñada para que se la considere como definitiva por los obispos dispersos en el mundo, pero en comunión entre ellos y con el sucesor de Pedro.

Además, la cuestión roza la teología de los sacramentos, porque se refiere al sujeto del sacramento del Orden Sagrado, que tradicionalmente es justamente el hombre, pero no toma en cuenta los desarrollos que en el siglo XXI han tenido la presencia y el rol de la mujer en la familia y en la sociedad. Se trata de dignidad, de responsabilidad y de participación eclesial.

El hecho histórico de la exclusión de la mujer del sacerdocio por el “impedimentum sexus” es innegable. Pero ya en 1948, mucho antes de las disputas de los años sesenta, el padre Congar hacía presente que «la ausencia de un hecho no es criterio decisivo para concluir siempre prudentemente que la Iglesia no puede hacerlo y no lo hará jamás».

Además, agrega otro teólogo, «el “consensus fidelium” de muchos siglos cuestionado en el siglo XX, sobre todo a causa de los profundos cambios sociales-culturales que han afectado a las mujeres. No tendría sentido sostener que la Iglesia debe cambiar sólo porque han cambiado los tiempos, sino que sigue siendo verdad que una doctrina propuesta por la Iglesia reclama ser comprendida por la inteligencia creyente. La disputa sobre las mujeres podría ser puesta en paralelo con otros momentos de la historia de la Iglesia; en todo caso, en la cuestión del sacerdocio femenino son claras las “auctoritates”, es decir, las posiciones oficiales del Magisterio, pero muchos católicos se esfuerzan para comprender las “rationes” de opciones que, más que expresión de autoridad, parecen significar autoritarismo. Hoy hay malestar entre quienes no llegan a comprender cómo la exclusión de la mujer del ministerio de la Iglesia puede coexistir con la afirmación y la valoración de su igual dignidad». […]

Once sacerdotes alemanes piden la ordenación de la mujer y el fin del celibato obligatorio

Publicado en: http://www.periodistadigital.com/religion/mundo/2017/01/12/religion-iglesia-mundo-sacerdotes-alemanes-piden-el-fin-de-la-soledad-del-celibato.shtml

Un grupo de destacados sacerdotes alemanes pidieron hoy, a través de una carta abierta en un periódico, el fin del celibato, con el argumento de que tal precepto les obliga a una “vejez en soledad”.

Al acercarse a la vejez “se sienten especialmente los efectos de la vida sin pareja y la soledad”, afirman los religiosos, en un escrito publicado hoy por el diario Kölner Stadt-Anzeiger, de la ciudad de Colonia (oeste).

La carta está firmada por once sacerdotes de la región de Renania, a la que pertenece la diócesis de dicha ciudad, que se lamentan de la obligatoriedad del celibato como precepto para los curas católicos.

Los firmantes hicieron sus votos como religiosos hace más de 50 años y tienen actualmente más de 70, explican.

En su carta abierta, piden asimismo la apertura del sacerdocio a la mujer y avances en el ecumenismo, así como la posibilidad de celebrar conjuntamente el sacramento de la comunión católicos y evangélicos.

Los firmantes afirman, asimismo, haberse decidido por la vida religiosa a principios de los 60, “bajo impulso del Concilio Vaticano II”, y lamentan que a continuación se haya apoderado de la Iglesia, tanto en Roma como en Obispado de Colonia, lo que denominan una “mentalidad de búnker”.

Las feministas creyentes también son feministas

Original por , and , en The Huffington Post.

Traducción en: https://eldemonioblancodelateteraverde.wordpress.com/2016/12/28/las-feministas-creyentes-tambien-son-feministas/

Parece ser que cada pocas semanas una celebridad declara con orgullo y a voz en grito que no es feminista: mujeres como Shailene Woodley, Katy Perry, Kelly Clarkson, Kendall Jenner lo han hecho recientemente.

Estas mujeres escudan su rechazo a proclamarse feministas en que no odian a los hombres, haciéndose eco de una de las más intratables, somnolientas y denigrantes caracterizaciones del feminismo, o insistiendo en que, personalmente, ellas no sufren opresión, haciendo caso omiso de que los papeles sólidos y cautivadores para mujeres llegan a su fin décadas antes que los de los hombres, o que hace poco, la actriz Maggie Gyllenhaal, de 37 años, fue rechazada para interpretar el papel de interés amoroso de un hombre de 55 por ser considerada “demasiado vieja”.

Incluso si aceptamos los argumentos de estas jóvenes estrellas que defienden que no sufren discriminaciones, las feministas nos preguntaríamos dónde queda su preocupación por otras mujeres menos privilegiadas. Una cuestión a la vez frustrante y justificada, por otra parte.

Por un lado, ¿a quién le importa lo que una estrella del espectáculo piense sobre el feminismo? Por otro lado, estas mujeres tienen un enorme poder de influencia sobre otras mujeres jóvenes. Al expresar displicentemente, «yo tengo derechos, así que ¿quién necesita el feminismo?» deshonran los sacrificios de las que lucharon antes que nosotras e ignoran el hecho de que los derechos de las mujeres aún  están en liza. Aún no están garantizados los derechos de las mujeres que luchan por eliminar la brecha salarial, por los permisos de maternidad y por el acceso a la sanidad reproductiva. Aún no están garantizados para las mujeres no blancas o las del espectro LGTB/GSD.

Y aún continúan debatiéndose los derechos de las mujeres creyentes.

El género sigue siendo un asunto muy importante en el seno de las tradiciones religiosas de corte patriarcal, y muchas mujeres continúan sin tener acceso a muchos roles sociales debido a su género. Sin embargo, mientras el feminismo mayoritario prácticamente le ruega a las jóvenes estrellas que por favor, se definan como feministas, las mujeres creyentes sufren burlas por proclamar su identidad feminista y combatir el sexismo desde el interior de sus tradiciones.

¿Cómo hemos llegado las mujeres creyentes a ser feministas de segunda?

Entendemos que puede parecer que existe una desconexión entre nuestra fe y nuestro feminismo, también reconocemos que nuestras tradiciones religiosas han sido sometidas a un filtro interpretativo de corte sexista, y sin duda comprendemos por qué muchas feministas abandonan su fe, pues nosotras también nos hemos visto tentadas a hacer lo mismo.

Sin embargo, aunque toda feminista judía, cristiana y musulmana abandonara sus tradiciones, aún quedarían mujeres que permanecerían, mujeres cuya decisión de seguir en su mismo entorno les reportaría consecuencias jurídico-religiosas. Seguirían estando sometidas a la Halajá, a las fatuas y al derecho canónico; seguirían sufriendo exclusión del acceso a puestos de responsabilidad y continuarían enfrentándose a opresión ejercida por parte de miembros de sus comunidades que consideraran válido el estatus menor de las mujeres en base a las enseñanzas de sacerdotes, rabinos e imanes iluminados.

Reconocemos y nos preocupamos por las consecuencias reales de nuestra fe en el mundo; sin embargo, también reivindicamos los mensajes fundacionales de nuestras creencias por lo que son y por las maneras en las que han sido malinterpretados. En otras palabras, nos negamos a que nuestra tradición religiosa se defina en base a interpretaciones sexistas.

Este rechazo se está expresando de varias maneras: académicas feministas y judías, cristianas y musulmanas estamos trabajando dentro del marco de traducciones existente de la Torá, la Biblia y el Corán, produciendo nuevas traducciones y, en ocasiones, cuestionando la autenticidad y divinidad de pasajes irremediablemente sexistas.

Al mismo tiempo, otras activistas están llevando a cabo rezos, cultos y liturgias subversivas para dejar en evidencia el arraigadísimo sexismo de las instituciones religiosas. Anat Hoffman fue detenida y cacheada por una acción en la cual buscaba el reconocimiento delas mujeres judías que deseen rezar en alto junto a sus correligionarios hombres en el Muro de las Lamentaciones en Jerusalén. Kate Kelly recibió la excomunión tras fundar el movimiento «Mujeres que decretan» (Ordain Women), para defender el acceso de las mujeres a puestos de responsabilidad en el seno de la Iglesia Mormona. Amina Wadud sufrió condenas internacionales y amenazas de agresión por ser la primera mujer en dirigir un rezo musulmán mixto en Estados Unidos.

Todas estas mujeres se han aplicado y se han mantenido firmes ante la posibilidad de abandonar sus creencias ante interpretaciones sexistas. Valentía es esto. Feminismo es esto.

Y, pese a todo, mientras el feminismo mayoritario se arrastra ante las jóvenes estrellas para solicitarles un servicio a la lucha, las mujeres creyentes aplicadas en un trabajo valiente y arduo tienen que aguantar continuamente la comidilla de que «no son feministas de verdad».

Sabemos que mucha gente piensa que el único acto genuinamente feminista que puedes llevar a cabo con respecto a las religiones es abandonar sus tradiciones típicamente patriarcales. Nosotras defendemos que también puede serlo permanecer, y esperamos con ansia el día en que hacerlo no ponga en cuestión ni nuestra fe ni nuestro feminismo.

Anécdota desafortunada del Papa sobre las “mujeres sacerdotes”

Noticia publicada: https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-a-sacerdotes-sean-cercanos-a-los-fieles-y-huyan-de-la-vanidad-27438/

Anécdota desafortunada y tristemente reveladora de qué concepción tiene de las mujeres el Papa Francisco:

“VATICANO, 09 Dic. 16 / 08:10 am (ACI).- El Papa Francisco dedicó la homilía en la Misa de la Casa Santa Marta a hablar sobre los sacerdotes y de los cristianos que nunca están satisfechos con lo que Dios les da.(…)

“Sobre rigidez y mundanidad, sucedió hace tiempo que vino a mí un anciano monseñor de la curia, que trabaja, un hombre normal, un buen hombre, enamorado de Jesús y me ha contado que fue al Euroclero (una tienda en Roma en la que se compran artículos religiosos) a comprase un par de camisas y ha visto delante del espejo a un joven –él pensaba que no tendría más de 25 años, un sacerdote joven o que estaba a punto de ser ordenado– delante del espejo, con un manto grande, largo, de terciopelo, una cadena de plata y se miraba. Y después tomó el ‘saturno’ (sombrero que usan algunos sacerdotes), se lo ha puesto y se miraba. Un rígido mundano. Y ese sacerdote –el monseñor este es muy sabio y consiguió superar el dolor con una broma de sano humor– dijo: ‘¡Y después se dice que la Iglesia no permite el sacerdocio a las mujeres!’ Así que lo que le ocurre al sacerdote cuando se convierte en un funcionario termina en lo ridículo, siempre”.

Ahí queda.