La escondida historia de la ordenación de las mujeres en la Iglesia católica

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Resumen de Priscila

Libro: The Hidden History of Women’s Ordination. Gary Macy. Oxford University Press.

 En primer lugar, el concepto de “ordenación ministerial” cambió completamente en los siglos XI-XII. Durante los primeros mil años, la ordenación significaba la consagración para una determinada función en una determinada comunidad cristiana, las funciones eran muy diversas. A partir del s.XI-XII, la ordenación se reduce a diaconado-presbiterado-episcopado, y consiste en el otorgamiento de un poder especial para administrar los sacramentos (principalmente consagrar en la eucaristía) en cualquier lugar, además de marcar con un carácter distintivo e irreversible a la persona. Por tanto, cuando se dice que la mujer “nunca ha sido ordenada” en la historia del cristianismo, hay que distinguir: nunca ha sido ordenada de acuerdo al concepto de ordenación a partir del s.XI-XII (exceptuando las recientes “ordenaciones ilegales”) pero sí hay evidencia histórica de que fue ordenada de acuerdo al concepto anterior, para ejercer determinada función eclesial.

 Por otra parte, hasta el s.XI-XII la mujer ejerció de modo muy activo al servicio de la Iglesia, incluido el servicio en el altar: bautizando, consagrando la eucaristía, confesando, predicando, enseñando etc. También tuvo poder jurisdiccional y administró las propiedades de la Iglesia. De todo ello hay abundante evidencia histórica. Principalmente ejerció como obispa y presbítera por matrimonio con obispo y sacerdote, pero también hay indicios de mujeres que por sí mismas fueron ordenadas para estas funciones. Hay pocas referencias de episcopas, más de presbíteras, y muy numerosas de diaconisas. Además, destaca la actividad y poder de las abadesas. Durante los siglos VIII-IX hay evidencia de obispos a favor y en contra de la participación de la mujer.

 

Fue a partir de los s.XI-XII cuando la mujer es “borrada literalmente del mapa eclesial”. Durante los siglos anteriores existía una pugna entre dos modelos eclesiales: uno era el “modelo doméstico” en que un matrimonio (de obispos, o presbíteros) dirigía una comunidad. El ser buen esposo y buen padre era algo que se valoraba mucho para ser elegido como obispo/presbítero. El otro modelo, es el “monástico”, que propugnaba la abstención de relaciones sexuales por parte de los ministros, ya que lo más importante era su “pureza angelical”. Este segundo modelo es el que fue ganando terreno y para él la mujer era un impedimento (una tentación). Por ello, y demandado también por el laicado, se impuso el celibato como requisito para las órdenes sagradas. Para fomentar la necesidad del celibato se atacó a la mujer: es considerada un ser inferior al varón (Santo Tomás), es la culpable del pecado original, es impura debido a la menstruación y al parto, y es la antítesis del varón (teoría aristotélica de los opuestos: varón es fuerte, mujer es débil), teoría de la “diferente naturaleza o complementariedad” que aún pervive. Por tanto, siendo que los consagrados eran considerados los más santos, debían estar completamente alejados de ningún trato con la mujer.

Debido a esta concepción de la mujer, se concluirá que no es digna de recibir las órdenes sagradas. Incluso, se dice, aunque las recibiera, no serían eficaces en ella, porque por naturaleza no puede recibirlas. Por tanto, se comienza a instaurar la afirmación, que sigue vigente en la actualidad, que la mujer NUNCA ha sido ordenada ni puede serlo. Pero esto es falsear la historia de los primeros mil años de la Iglesia.

 

Mujeres sacerdotes en la Iglesia católica: referencias históricas

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Traducción libre de Priscila.

Libro: “The Hidden History of Women’s Ordination”, Gary Macy, Oxford University Press. Págs. 58 a 66.

 Las referencias a presbíteras son mucho más numerosas que las de “episcopas”. Habitualmente se refieren a mujeres de sacerdotes, pero esto no siempre es así. En el sínodo bajo el mandato del Papa Zacarías (741-52), en 743: “nadie debe siquiera considerar el unirse físicamente a tan abominable consorte como una presbítera, diaconisa, monja, monje femenino o madrina”. La sanción por la infracción de esta regla es la excomunión”. La ley se repetía en una carta del Papa León VII (937-39) a los obispos alemanes y franceses. (…) Una serie de leyes similares que se adscriben al Papa Gregorio II son incluidos en los decretales del Pseudo-Isidoro. Dos de esas leyes dicen: “si alguien se casa con una presbítera, anathema sit. Si alguien se casa con una diaconisa, anathema sit”.

(…)

Cinco inscripciones nos introducen en las mujeres presbíteras de la Iglesia Occidental. Dos eran de Italia, una de Poitiers, y dos de Croacia. Todas están fechadas del siglo cuarto al sexto. En Sicilia, una inscripción en griego marca la tumba de la prebítera Kale. No hay indicación de su estado marital. Una segunda inscripción en una tumba italiana se sitúa en Tropea de Calabria, y fue erigida para la presbítera Leta por su marido. No se hace mención de que él sea sacerdote. Un grafito encontrado cerca de Poitiers conmemora a “Martia la presbítera haciendo la ofrenda junto a Olybrius y Nepos”. Los estudios señalan que la inscripción se refiere a Martia como ministra celebrando la eucaristía con dos hombres. Las dos inscripciones que restan provienen de Solin (antigua Solana, en Croacia). Un fragmento simplemente menciona a una sacerdotisa (sacerdotae, femenina forma en latín de sacerdote frente al término griego presbítero). La última inscripción está fechada el 425 y se refiere a la presbítera Flavia Vitalia, a la que se le compró la tumba.

 ¿Quiénes eran estas mujeres y qué hacían? (…) Hay buena evidencia de que al menos algunas de estas mujeres eran esposas de sacerdotes. El segundo concilio de Tours (567) específicamente se refiere a presbítera como la mujer de un sacerdote. (…) Lo mismo, el concilio de Auxerre (578). (…) Gregorio Magno en su libro Diálogos describe como un sacerdote y su “presbítera” viven vidas castas y separadas. (…) Tal y como sucedía con las episcopas, la presbítera era vista como una tentación que amenazaba la castidad de su puro marido.

 El que varias de estas referencias claramente refieran a las presbíteras como las mujeres de los sacerdotes, ¿significa que eran meramente “consortes” o tenían su propio ministerio? ¿Eran ordenadas según los estándares de la época para un ministerio propio? Varias fuentes parecen indicar que éste es efectivamente el caso.

 El concilio de Nimes (394) señalando que “las mujeres parecen haber sido incluidas en el servicio levítico” ordena que “tal ordenación debe ser deshecha cuando está efectuada de modo contrario a la razón. Nadie debería presumir tal cosa en el futuro”. Parecería que la cuestión se estaba debatiendo. (…) Cien años después, el 494, el Papa Gelasio en una carta a los obispos de Italia y Sicilia, también se posiciona en contra de algunos obispos que permitían a las mujeres servir en el altar. (…) Quince años después, los obispos Licinio, Melanio, y Eustaquio del norte de Gaul, escribieron a dos sacerdotes de Bretaña. Estaban furiosos al conocer que los sacerdotes viajaban con mujeres que les asistían en el altar, “de modo que, mientras distribuís la Eucaristía, ellas sostienen los cálices y administran la sangre de Cristo al pueblo de Dios”. Las mujeres son referidas como sus compañeras “conhospitae” (compañeras de casa) indicando que estas mujeres vivían con los sacerdotes como si efectivamente no fueran sus esposas. (…) La carta muestra que al menos estos sacerdotes y sus congregaciones aceptaban a las mujeres como coministros en la eucaristía.

El 599 el Papa Gregorio Magno escribió a Januario, obispo de Caligliari, para explicarle sus inquietudes acerca de la antigua abadesa del monasterio de los santos Gavino y Luxurio. (…) “la mencionada abadesa, hasta el día de su muerte, no ha aceptado llevar el hábito monástico sino que ha seguido llevando las vestiduras que utilizan las presbíteras del lugar”. (…) El hecho de que Sirica “siguiera llevando” el hábito de presbítera indica que ella era una presbítera antes de ser abadesa. También indica que las presbíteras llevaban un hábito distinto al de las abadesas o monjas. (…) Podría haber sido una presbítera casada antes de entrar en el monasterio.

En el año 747 el Papa Zacarías escribe a las autoridades francesas quienes desean saber si las monjas pueden leer el Evangelio durante la Misa. Zacarías responde en sentido negativo. (…) El obispo Haito de Basilea incluye en su colección de leyes que “las mujeres no deberían tener ningún acceso al altar ni deben participar en ningún ministerio en el altar, aunque estén dedicadas a Dios”.

(…) Los estatutos del concilio de París (829): los obispos estaban impresionados al saber que “en algunas provincias, en contradicción con la ley divina y la instrucción canónica, las mujeres participan en el altar e imprudentemente sostienen los sagrados instrumentos, dan los ornamentos sacerdotales al sacerdote y, lo que es peor, y mucho más indecente, dan a la gente el cuerpo y la sangre del Señor y hacen otras cosas que son en sí mismas indecentes.” Como en el siglo VI, parece que al menos algunos sacerdotes y obispos permitían a las mujeres ejercer cierto ministerio en el altar. Quizás como diaconisas, o quizás como presbíteras, esto depende de “a qué se refieran esas cosas indecentes” (…)

Las mujeres ciertamente distribuían la comunión en los siglos diez, once y quizás el doce. Textos para estos servicios litúrgicos, con plegarias escritas con terminaciones femeninas, existen en dos manuscritos del período. Uno fue copiado en los siglos once o doce en la Abadía de Santa Sofía en Benevento para el uso de las monjas de la comunidad. La segunda data del siglo diez u once y, aunque se desconoce su lugar de origen, el uso de la terminación femenina lleva a los estudiosos a creer que también era utilizado por monjas. Jean Leclercq nota: “en ningún momento se dice o se puede suponer que el que recita la plegaria es un sacerdote. Sin embargo, en su composición, constituyen realmente una larga plegaria eucarística. El rito consiste en series de oraciones, seguidas por la comunión y oraciones después de la comunión. “Su composición (de las oraciones iniciales) corresponde más o menos a la serie de textos que servían como introducción a la misa: salmo de entrada, letanía, rito penitencial, colecta y profesión de fe”.

Aunque estos ritos no parecen ser misas, están muy cercanos, e indican que las mujeres estaban muy implicadas en el servicio en el altar, a pesar de todas las instrucciones en contra. Además, considerando que los libros que preservan estos ritos son libros litúrgicos, podemos presumir que “uno no copia un manuscrito que no va a ser usado; por ello se puede entender que eran muy utilizados e incluso en más de un sitio”. Aunque estas monjas no eran denominadas “presbíteras”, demuestran que la práctica de mujeres sirviendo en el altar persistió largo tiempo después de que la legislación lo prohibiera.

No existen ritos de ordenación de las presbíteras, pero sí hay referencias a su bendición en el Pontifical Romano Germánico del siglo décimo. (…) Pero que no existan ritos específicos no significa que no fueran ordenadas. (…) Los mismos ritos de los hombres podían utilizarse para las mujeres, como de hecho sucedía con los diáconos/las diaconisas (el pontifical de Egbert de York, siglo VIII, así lo atestigua), y con los abades/las abadesas (Liber sacramentorum Gellonensis incluye una oración para cuando “el abad o la abadesa son ordenados en el monasterio”. En todos los casos se utiliza la terminación masculina. Hay menciones similares en el Liber sacramentorum Augustodunensis (s.IX) y el Sacramentario Romano del s. XII. (…)

Tres manuscritos de los siglos IX y X aportan más evidencias de presbíteras y diaconisas, que incluyen comentarios sobre la ley de la Iglesia: “una diaconisa es una abadesa; es ordenada mediante la imposición de las manos por el obispo pero no antes de la edad de cuarenta años, (…) había presbíteras en el evangelio, por ejemplo Ana la octogenaria; ahora la ley de calcedonia permite cuarenta años”.

En conclusión, algunas mujeres ejercieron ministerio en el altar como sacerdotes y lo hicieron con el apoyo de al menos algunos obispos por lo menos hasta el siglo noveno. Las mujeres que hacían este servicio unas eran específicamente denominadas presbíteras y otras no. Parte de las mujeres denominadas presbíteras eran esposas de sacerdotes. Hacia el siglo décimo, las presbíteras desaparecen de la escena eclesial. (…) Una explicación se encuentra en la fascinante carta del obispo Atto de Vercelli. Preguntado por qué en las leyes antiguas se habla de presbíteras y diaconisas, Atto responde que en la iglesia primitiva, debido a la escasez de trabajadores, mujeres devotas eran ordenadas (ordinantur) para ayudar a los hombres a dirigir el culto. No sólo hombres, si no también mujeres, presidían en la iglesia debido a la gran necesidad. Las mujeres estaban familiarizadas desde siempre con los cultos paganos y se habían educado en la filosofía y así, cuando se convertían, estaban bien preparadas para enseñar la práctica religiosa. Atto explicaba, basándose en el concilio de Laodicea, que las presbíteras ya no eran permitidas por la iglesia. (…) “Mientras aquellas designadas como presbíteras asumían su papel predicando, gobernando y enseñando, así las diaconisas ejercían el suyo bautizando”.

 

Mujeres obispos en la Iglesia Católica: referencias históricas

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Traducción libre de Priscila.

Libro: “The Hidden History of Women’s Ordination”, Gary Macy, Oxford University Press. Págs. 53 a 58.

 

Existen sólo cinco referencias conocidas de mujeres obispos en el Cristianismo Occidental.

La más famosa es el mosaico del siglo IX “Teodora episcopa” en la Capilla de San Zeno de la Iglesia de Santa Práxedes en Roma. Una inscripción en un relicario de la misma iglesia identifica a Teodora como la madre del Papa Pascual I (817-824). Esta inscripción fecha el traslado de las reliquias el 20 de julio de 817. El “Liber pontificalis” nombra el padre de Pascual I como “Bonosus” sin más título. Más que probablemente, si Bonosus fuera clérigo, esto se habría señalado, lo que hace muy improbable que Teodora fuera la mujer de un obispo.

 La segunda inscripción epigráfica ofrece menos información. Una tumba fechada entre los siglos IV y VI figura dedicada a la “venerable mujer, episcopa Q”. Eisen identifica esta inscripción originariamente de Umbría y destaca que existen también inscripciones de presbíteras de este mismo período y localización que indican cierta saga de liderazgo femenino en el siglo V en Umbría. Madigan y Osiek localizan la inscripción en Roma y sugieren como fecha el 390. También ofrecen una identificación tentativa de “Q” como la madre o esposa del Papa Siricio (384-99).

 Brígida de Irlanda es descrita no sólo como obispo sino también habiendo superado exitosamente la ordenación al episcopado. La vida de Brígida (siglo IX) escrita en el “Bethu Brigte” describe cómo sucedió: “el obispo, habiendo sido intoxicado con la gracia de Dios no reconoció qué estaba recitando de su libro, y consagró a Brígida con las órdenes del obispo. “Esta virgen solitaria de Irlanda” dice Mel, “tendrá la ordenación episcopal”. Cuando estaba siendo consagrada, una impresionante columna ascendió desde su cabeza”. La referencia es extraordinaria por diversas razones. La primera, Brígida fue descrita como realmente ordenada al episcopado. Se la refiere como obispo, no de modo cortés o metafórico. Realmente fue ordenada, aunque fuera por accidente o incluso de modo único. Segundo, es incuestionable que la ordenación tuvo lugar. Como el obispo Mel observó, Brígida, una vez consagrada, era un obispo. Como mínimo para este autor irlandés del siglo IX, una mujer podía ser ordenada e incluso ordenada obispo.

 Hildeburga, la esposa de Segenfrid, obispo de Le Mans del 936 al 996, fue descrita como “episcopissa” al morir su marido. (…) Aunque el uso del diminutivo puede ser despreciativo, recuerda un tiempo en que el término episcopa era de alta consideración.

 (…) El canon 14 del concilio de Tours (567) dice: “ninguna multitud de mujeres debe seguir a un obispo que no tenga una episcopia. Por supuesto, el hombre se salva a través de la fidelidad a una mujer, del mismo modo que una mujer se salva mediante la fidelidad a un hombre, como el apóstol dijo (1 Cor, 16)”. Parece que el canon se refiere claramente a la mujer de un obispo, pese a que ésta era denominada “coinux” (esposa) y no episcopa. (…)

Gregorio de Tours, quien en general no tenía nada bueno que decir de las esposas de los clérigos, ofrece una imagen muy atractiva de la esposa de Namatio, un obispo de Clermont-Ferrand del siglo V. No sólo la distingue por su piedad y humildad, sino que fue también la donante de la iglesia de San Esteban. Como donante, se hizo cargo de la decoración.

(…) Las referencias a obispos casados son muy numerosas: unas positivas y otras negativas. En algunos casos “el hecho de que ella y su marido hubieran educado a sus hijos con éxito se consideraba muy favorable para su futuro episcopado”. Otros, en cambio, culpan a la mujer de poner en peligro la “pureza” del obispo. Estos testimonios reflejan la tensión acerca de la continencia (no relaciones sexuales) impuesta en el matrimonio episcopal, así como la propaganda a favor de la imposición del celibato para los clérigos.

En el fondo, se bascula entre un doble modelo de iglesia: para algunos obispos, sus mujeres eran, en efecto, compañeras de equipo. Iguales en estatus y virtud, formaban un equipo “aristocrático”, dirigiendo la heredad familiar para el bien de la iglesia. Sin embargo, para los otros obispos que buscan establecer un clero continente o célibe, las mujeres son un terrible impedimento. (…)

En conclusión, existen pocas referencias y muestran distintas situaciones. Lo que tiene en común, sin embargo, es que muestran a mujeres que administran propiedades de la iglesia: construyeron y amueblaron iglesias. Brígida es descrita como profundamente implicada en la administración de la iglesia de Irlanda. Como ella, las grandes abadesas del período también ejercieron una amplia jurisdicción. Se puede concluir, por lo menos, que las mujeres tuvieron parte en el ejercicio del ministerio del episcopado.

Mujeres católicas y carismas

“El Espíritu Santo (…) distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere sus dones (1 Co 12, 11), con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia. (…) El juicio de su autenticidad pertenece a quienes tienen autoridad en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno.” (Lumen Gentium 12).

La declaración “Inter Insigniores” de la Congregación para la Doctrina de la Fe trata la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial (año 1976).

http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19761015_inter-insigniores_sp.html

Comentario de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la Declaración Inter Insigniores. Publicado el 27 enero 1977 en L’Osservatore Romano y en el Acta Apostolicae Sedis 69 (1977) 98-116.

http://www.vatican.va/archive/aas/documents/AAS%2069%20[1977]%20-%20ocr.pdf?bcsi_scan_9659b900cfc0c762=0&bcsi_scan_filename=AAS%2069%20[1977]%20-%20ocr.pdf

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En respuesta, reproducimos un artículo publicado en www.womenpriests.org acerca de esta cuestión, que es clave. He corregido algunas expresiones derivadas de la traducción al español (Priscila)

¿Es la vocación de una mujer tan “auténtica” como la de un hombre?

1.- ¿Sólo quieren promocionar?

El sacerdocio no puede convertirse en término de una promoción social; Ningún progreso puramente humano de la sociedad o de la persona puede de por sí abrir el acceso al mismo: se trata de cosas distintas.” Inter Insigniores, § 39.

Se dijo en referencia a la cuestión de ciertas mujeres que se sienten llamadas al sacerdocio. Pero esta afirmación es problemática. Si bien puede ser cierto que muchos de los que apoyan la ordenación sacerdotal de las mujeres lo hacen en nombre del progreso social de la mujer; de hecho, todos quienes apoyan este movimiento lo hacen de alguna manera. Pero si yo fuera una mujer individual que se sintiera llamada al ministerio sacerdotal, me sentiría horriblemente ofendida con semejante comentario. Sentiría que se me quiere dar a entender que quiero ser sacerdote sólo porque siento envidia de que a mí (y otras mujeres) no se me permite serlo, mientras que a los hombres sí.

2.- ¿Nadie tiene el derecho de ser ordenado?

Si nadie puede reclamar el derecho al sacerdocio (como estos documentos de Roma argumentan una y otra vez), ¿por qué no se cuestiona la ordenación de los hombres? Si, en respuesta a lo que una persona negra diría, “Yo, como persona negra, tengo tanto derecho de ser funcionario electo como una persona blanca”, y usted le contesta “¡Nadie tiene derecho al liderazgo público!”, usted está evadiendo el punto principal.

Déjeme explicarle esto más en detalle. No hay “derecho” al sacerdocio, no. Pero nuevamente, no hay “derecho” a la vida eterna cristiana, cualquiera que esta sea, ¿verdad? Así, si alguien quiere discutir que “Las mujeres no pueden ser cristianas”, argumentando que el que las mujeres tienen igualdad con los hombres es evadir el tema, “porque nadie tiene derecho a ser cristiano”, tampoco contesta la pregunta de por qué sólo a los hombres se les permite eso.

Sé que este ejemplo puede sonar descabellado para algunos de ustedes, pero está relacionado con el de la persona negra que aspira a ser político, o como muchos otros ejemplos que desee mencionar (no todos tan “seculares”, tampoco). Si le pregunto “¿Por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes?” y usted me contesta “Porque nadie tiene derecho al sacerdocio”, no ha contestado a mi pregunta. La pregunta necesita una respuesta específica, dirigida a la idea de las mujeres siendo sacerdotes. No una respuesta generalizada, que no contesta siquiera por qué los hombres pueden ser sacerdotes, mucho menos por qué las mujeres no.

Admitiendo que nadie tiene “derecho” al sacerdocio, es obvio que aún existe el derecho a que la “llamada” de uno sea examinada. Creo que la pregunta ahora debe ser “¿Por qué son sólo las vocaciones de los hombres las que son examinadas por la Iglesia? ¿Por qué no las de las mujeres?”

3.- ¿Sólo cuestión de sentimientos?

Una vocación dentro de la Iglesia no consiste sola o primordialmente en el hecho de que uno manifieste un deseo por una misión o se sienta atraído por una compulsión interna…”
Comentario al Inter Insigniores por la Sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe.

Si los “sentimientos” no juegan papel alguno en la “auténtica” llamada al ministerio sacerdotal (como estos documentos afirman una y otra vez), entonces, ¿cómo se producen estas llamadas? Excepto en áreas y en tiempos donde a los chicos se les introducía en los seminarios y en el sacerdocio tempranamente (por ejemplo, en mis tiempos, más de un sacerdote fue enviado al seminario a los 11 años de edad), me parece que – y podría equivocarme en esto – que “sentirse llamado al ministerio” es lo que precisamente lleva a un hombre en su camino al sacerdocio. Puedes decir “Simplemente porque quieras ser doctor(a) no significa que tengas talento para serlo” y tiene sentido, pero tergiversar el argumento para decir “Sentirte guiado(a) a ser doctor(a) al fin y al cabo no importa”, no lo tiene. No vas hacia una meta a la cual no te sientes llamado(a) a seguir.

4.- ¿Una vocación es auténtica sólo si la certifica la Iglesia?

Una vocación dentro de la Iglesia no consiste sola o primordialmente en el hecho de que uno manifieste un deseo por una misión o se sienta atraído por una compulsión interna. Aún si este paso espontáneo se hace o si aún uno cree haber escuchado, si así fuera, una llamada desde adentro del alma, la vocación es auténtica sólo desde el momento en que es certificada por la llamada externa de la Iglesia.” Comentario al Inter Insigniores por la Sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe.

El documento dice, esencialmente, que una “compulsión interna” es sólo “espontánea”, o sea, pudo ser causada por algo que te dijo alguien o por lo que comiste la noche anterior. Me encanta esta frase: “Aún si este paso espontáneo se hace o si aún uno cree haber escuchado, si así fuera, una llamada desde adentro del alma…”; me suena como si fuera casi una burla (o sarcasmo). “Tonto insignificante, sentirse llamado al sacerdocio es sólo un capricho; es la Iglesia quien decide si puedes o no ser sacerdote. Ponte en tu lugar.”

La Iglesia es la certificadora de vocaciones en la medida en que la comunidad de los creyentes juega un papel en la valoración de los nuevos candidatos. Es por eso que en las ordenaciones, el obispo aún pregunta al pueblo si considera digno o no al ordenando. Hoy día, es el rector del seminario donde se entrenó la persona quien contesta la pregunta; aún así, habla en representación de los fieles allí reunidos. La llamada final del obispo añade cierta aprobación institucional, pero afirmar que las vocaciones son sólo auténticas cuando “los candidatos son llamados externamente” por la Iglesia, no tiene sentido.

Si esta Iglesia es la autentificadora de las vocaciones, y las vocaciones son sólo auténticas “cuando son externamente llamadas” por la Iglesia, ¿qué pasa en los casos en que hay obispos inútiles o corruptos? ¿No habría incontables casos de obispos ignorando u oponiéndose a alguien con una llamada genuina? Pero si una “llamada verdadera” es sólo aquella que es llamada por la Iglesia, entonces estas llamadas ignoradas no son reales y lógicamente, no se podría atacar al obispo por ignorarlas.

Segundo, ¿qué tal si tiene un sacerdote que no ha sido llamado? He escuchado frecuentemente la noción de que, hasta Vaticano II, el sacerdocio (de la misma manera que la hermandad religiosa femenina) fue a veces utilizado para ubicar personas con problemas psicológicos que no podrían funcionar en la sociedad o no se casarían como es debido. Mientras los antiguos catecismos hacían hincapié en tres vocaciones diferentes, la religiosa, el matrimonio y la soltería, ¿cuántas veces en realidad se ha pensado que la soltería es una verdadera vocación y la más alabada? ¿Y no tan sólo por falta de llamada, o por vagancia o porque algo anda “mal” en la persona soltera? De ese modo, si hay sacerdotes que no fueron llamados por Dios y que no debieran ser sacerdotes (o, preferiblemente, debieran ser otra cosa), …y cuántos de nosotros no hemos conocido sacerdotes así,… ¿cómo entonces puede eso ser compatible con la idea de que la llamada externa de la Iglesia es la autentificadora de cada vocación sacerdotal? ¿Significa esto que la Iglesia estuvo equivocada? ¿Ha usado su poder para autentificar llamadas en la persona equivocada?

Yo no creo eso. Creo que el sistema por el cual una persona se hace sacerdote no está exclusivamente en las manos de la autoridad local de la jerarquía eclesiástica, y por ende, cuando las llamadas resultan no ser correctas, no es culpa (o tan sólo culpa, diría yo) de dicha jerarquía.

Una nota final… si la Iglesia es la única autentificadora de las vocaciones, ¿por qué la Iglesia “no tiene el poder de ordenar mujeres”? Este documento (el Comentario al Inter Insigniores) afirma que es la Iglesia, no específicamente Dios, el único árbitro que decide cuáles de esas “llamadas” son auténticas y cuáles no. No creo que eso tenga fundamento alguno, porque la Iglesia afirma ahora que no tiene autoridad para ordenar mujeres al sacerdocio. Si la Iglesia es la única que decide, ¿cómo puede ser que no tenga autoridad para ello?

Sin embargo, no creo que esta sea la posición genuina de la Iglesia. Al menos, hasta donde he oído y visto, Dios es el “autentificador” de las vocaciones, no “solamente” la Iglesia.

John Wijngaards

Traducción: Ivelisse Colón-Nevárez

 

Vídeo

John Wijngaards, una vida en pro de la igualdad de la mujer en la Iglesia Católica

Traducción de Priscila.
Original en:
http://www.womenpriests.org/wijngaards/index.asp

¿Quién es John Wijngaards?
Él se define como sacerdote, teólogo y escritor.
Obtuvo el Master en Estudios Bíblicos en el Instituto Pontificio Bíblico y el Doctorado en Teología en la Universidad Gregoriana de Roma.
Fue profesor en el Seminario Mayor “St.John” en Hyderabad, India de 1963 a 1976. Después de un breve intervalo como Vicario General de los Misioneros de Mill Hill, Sociedad Misionera de San José (1976-1982), fue profesor en el Instituto de los Misioneros en Londres, el cual está afiliado a las universidades de Lovaina y de Middlesex (Londres) (1983-1998).
Es miembro de la Asociación Teológica de Gran Bretaña, de la Sociedad Europea de Teología Católica y de la Sociedad Teológica Católica de América.
Cuando Roma se declaró definitivamente en contra de la ordenación de las mujeres, renunció al ejercicio del ministerio sacerdotal en protesta, y fundó http://www.womenpriests.org.

Priscila escribe:
http://www.womenpriests.org es la mayor web/biblioteca virtual que existe sobre la cuestión de la ordenación de la mujer en la Iglesia Católica. Una auténtica JOYA. Incluye todos los documentos del Magisterio, estudios teológicos y publicaciones del mayor rigor académico y testimonios de gran variedad de personas (y muy especialmente de las que más saben sobre esta cuestión: las mujeres con vocación).

Cómo ser mujer católica, recibir una llamada al sacerdocio y no morir en el intento (parte 3) – PREGUNTAS FRECUENTES

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Traducción de Priscila.

Artículo original en womenpriests.org

http://www.womenpriests.org/called/answers.asp

Autora: Colette Joyce.

Con frecuencia una mujer se da cuenta por primera vez acerca de su vocación al ministerio ordenado porque alguien le comenta que sería un buen sacerdote. Los sacerdotes son y deberían ser llamados por la comunidad a la que sirven. La propia comunidad debería reconocer y confirmar a aquellos que han sido agraciados para el ministerio. La Iglesia Católica tiene mecanismos para probar y discernir la autenticidad de la vocación. Una vez ha sido confirmada por una o dos personas de su comunidad local, la mujer entonces afrontaría la sobrecogedora tarea de acercarse a la Iglesia más extensa, habitualmente en la persona de su autoridad: sacerdotes y obispos. Admitir a alguien que quieres ser ordenada puede llevar a preguntas muy abrumadoras. La primera vez que afronté esta situación me vine abajo y me callé. Pero poco a poco he ido descubriendo ciertos patrones familiares en las preguntas y preparando las respuestas. La cuestión de las mujeres llamadas al sacerdocio en la Iglesia Católica puede convertirse en una ocasión de diálogo y no ser reducida a una aserción de la autoridad por una de las partes y una experiencia de opresión por la otra.

La dificultad de estas preguntas es que revelan los prejuicios del que pregunta y no suelen ser hechas para recibir respuesta sino para señalar al que responde que está claramente equivocada.

Todas estas preguntas me las han dirigido a mí o a otras mujeres que conozco. Las respuestas están dirigidas a mujeres que están trabajando en su llamada a la ordenación pero pueden ser de ayuda para cualquier persona que se encuentre en situación de apoyarlas.

P1. ¿Por qué no te haces monja?

Durante siglos, la vocación aceptada para la mujer que deseaba entregarse al servicio de la Iglesia de Cristo era entrar en la vida religiosa, fuera como contemplativa o como hermana religiosa activa. Hoy hay aproximadamente 800.000 mujeres católicas en la vida religiosa en todo el mundo y, a pesar del fuerte descenso en el número en occidente, se mantiene como el papel predominante de las mujeres en la Iglesia Católica.

La vida religiosa, sin embargo, debe ser cuidadosamente distinguida del sacerdocio. Es un error tratar a los sacerdores y a las monjas como equivalentes directos varón-mujer. La vida religiosa implica su propia vocación y tiene formas tanto masculinas como femeninas. El equivalente masculino a la monja es, o bien el monje contemplativo o el religioso activo. Lo que es diferente es que los hombres pueden ser sacerdotes además de ser monjes o miembros de órdenes religiosas.

Cuando las mujeres puedan finalmente ser ordenadas sacerdotes algunas probablemente provendrán de órdenes religiosas, como en el caso de los hombres. Otras mujeres puede que elijan ser hermanas religiosas sin ordenación, como es el caso de muchos hombres que optan por ser hermanos religiosos.

P2. Hay muchas otras cosas que las mujeres pueden hacer en la Iglesia. ¿Por qué quieres ser sacerdote?

Hay, por supuesto, muchos otros ministerios en la Iglesia en los que las mujeres pueden implicarse y en muchos de ellos hay muchas mujeres que quieren ser sacerdotes que ¡ya los están llevando a cabo! Catequista, profesor, capellán, con los jóvenes, misionero, trabajador social, teólogo, órganos ejecutivos diocesanos… se puede encontrar mujeres desempeñando todos estas tareas con habilidad y bien. El sacerdocio trae en sí una responsabilidad distinta en la Iglesia, fundamentalmente en su vida sacramental. Es una función para la que creemos que las personas son llamadas por Dios y confirmadas por las comunidades. Si esto es algo que te ha sucedido, entonces es fácil de comprender.

P3. ¿Qué tiene de malo tener un papel activo como laico?

Nada. ¿Qué tiene de malo tener un papel activo como sacerdote?

P4. ¿No es más importante ser santo que ser sacerdote?

En efecto, lo es. Por otra parte, el 65% de los santos canonizados han sido hombres ordenados. Si la Iglesia Católica ordenara a mujeres, entonces las mujeres ¡tendrían mayor probabilidad de tener reconocida su santidad! En serio, la búsqueda de la santidad es la primera obligación de cualquier cristiano. Incluso si el sacerdocio impidiera la santidad, entonces es preferible dejar el sacerdocio. Sin embargo, la estadística citada muestra que santidad y sacerdocio no son incompatibles.

P5. El sacerdocio debería ser para el servicio. ¿Por qué las mujeres quieren poder?

Si el sacerdocio es para el servicio, entonces con mayor razón las mujeres deben buscarlo. La cuestión sobre el poder habitualmente refleja la experiencia del que pregunta sobre los sacerdotes-hombres que ha conocido y que están en posesión de cierto tipo de poder.

P6. Las mujeres católicas no quieren ser sacerdotes. No puedes ser realmente católica.

Hay muchas mujeres que han nacido y crecido en la Iglesia Católica así como otras muchas que han sido llamadas a ella posteriormente por la gracia de Dios, quienes, con dudas, y frecuentemente con resistencia han llegado a reconocer que su llamada es a lo que es. Algunas de estas historias están testimoniadas en esta website. Aquí existe clara capacidad para, a partir de la herencia Católica, tener una visión de un sacerdocio apropiado para la Iglesia Católica.

P7. ¿No estarías mejor uniéndote a otra Iglesia donde puedas ejercer tu ministerio?

Tristemente, muchas mujeres han llegado de hecho a esta conclusión y han tomado la normalmente difícil y dolorosa decisión de ir por otro camino y ejercer su ministerio en otra Iglesia que diera la bienvenida a sus dones. Permanecer con esperanza, aunque las opciones estén muy limitadas, a veces es sólo elegir la cruz de la humillación y el rechazo. Amar la Iglesia Católica y desear servir en ella, y que sea negado, puede hacer la decisión de permanecer un sacrificio real. Asimismo, igualmente puede ser un sacrificio el dejar atrás la tradición que uno valora y ama. Como me dijo una mujer una vez, aquí hay sin embargo una oportunidad ecuménica. “Si las mujeres empiezan a cruzar las líneas entre confesiones con suficiente frecuencia, quizás un día las borren”. Los católicos están aprendiendo de la experiencia de otras confesiones con mujeres en el ministerio y las están apoyando en sus luchas para obtener reconocimiento y transformar las estructuras que habitualmente responden a modelos exclusivamente masculinos. Del mismo modo, muchas mujeres (y hombres) de otras denominaciones siguen con atento interés los progresos a favor de la ordenación de las mujeres en la Iglesia Católica y son un apoyo para aquellos que permanecen en nuestra tradición y han tomado postura a favor.

P8. ¿No puede ser que el querer ser sacerdote católico te enfade y frustre demasiado?

Inevitablemente es frustrante para una mujer vivir una vocación que no puede desarrollar. Cuando una mujer se ha dado cuenta de que se siente en una situación de opresión, quizás incluso ha perdido un puesto que antes tenía porque ha hablado de su llamada, entonces sí, hay bastante rabia. Pero como cualquier otra difícil situación de la vida en la que hay rabia, ésta debe ser canalizada en sentido beneficioso. Siempre hay llamadas dentro de una llamada. Cualquier mujer que sea fiel a su sueño debe encontrar el modo de desarrollar por lo menos una parte de su vocación que le haga feliz. ¡Nadie va a querer a un sacerdote enfadado y frustrado!

P9. El Papaha hablado definitivamente y no va a cambiar. ¿Por qué simplemente no aceptas el Magisterio de la Iglesia?

Es precisamente uno de los más duros y dolorosos momentos el darse cuenta de que uno está un paso fuera del Magisterio de la Iglesia que uno ama y en la que ha encontrado a Dios. Algunas se marchan y la Iglesia pierde. Otras se quedan y aceptan en silencio aunque su corazón diga otra cosa. Y otras se quedan y son proféticas. Ecclesia semper reformanda. Como descubrimos en la historia de salvación, siempre estamos aprendiendo sobre el Reino que Dios quiere que creemos y esto puede incluir guiar el camino hacia cambios en la Iglesia.

P10. ¿Serías un sacerdote célibe?

Aquí en realidad encontramos dos cuestiones que requieren ser separadas. Por una parte, la cuestión sobre la disciplina de la Iglesia y qué grupos de personas deberían ser considerados para la ordenación y, por otra, una cuestión personal sobre la elección sobre el estado de vida. La decisión sobre a qué estado de vida es llamada, debe hacerla cada mujer individualmente. El celibato es una llamada poderosa en sí misma, con su propio énfasis en el testimonio escatológico, y no debe ser tomado a la ligera. La unión entre la llamada al celibado y al sacerdocio ha sido así en la Iglesia Católica sólo desde el siglo doce. La elección de sólo célibes para el sacerdocio en los tiempos actuales es reconocido como perteneciente a la disciplina de la Iglesia más que al depósito de la fe. Hay mujeres, así como hombres, que se sienten llamados al sacerdocio, y que están casados, solteros, célibes, divorciados, homosexuales y heterosexuales. Tal y como yo lo veo, la mayoría de las cuestiones sobre el género, sexualidad y sacerdocio son cuestiones que se refieren al abordaje del género y sexualidad en el Magisterio de la Iglesia en general y estas áreas requieren una profunda revisión para la Iglesia de este nuevo siglo.

P11. Seguro que hay cosas mucho más importantes que hacer en la vida que hacerse sacerdote.

Sí. Las hay. Pero esto no es una razón que haya frenado a aquellos que actualmente sirven en el ministerio ordenado. Más de un hombre joven con el que he hablado, que se está formando para el sacerdocio me ha dicho que siente que puede hacer un mayor bien al mundo como sacerdote. Muchas mujeres sienten lo mismo. En último término, la llamada al sacerdocio viene de Dios. Si algo es de Dios, ¡no se le puede oponer!

P12. ¿Todo el que quiera ser sacerdote debería poder serlo?

No. Siempre será necesario un proceso de discernimiento con las personas que tratan con las necesidades espirituales de la comunidad. El daño que puede hacer una persona no apta, un abusador, por ejemplo, es muy grande. Aquellos que se ofrecen, hombres o mujeres, deben demostrar su aptitud para las tareas que desarrolla un sacerdote e intuición sobre el aspecto divino de su llamada. Siempre se me dijo que la principal cualidad que un sacerdote debe tener es ser una persona de oración.

Colette Joyce